Balbina, la maragata

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El único hijo de los Pardos de Aceagrande, se enamoró de la hija menor del maragato de Puentes. No sé a quién había salido esta Balbina, porque su padre era corto de talla y su madre casi enana y redonda, y salió la chica tan alta y espigada, muy lucina de pierna, y siempre con peinetas de colores en el negro pelo.

Muy remangada y reidora, servía copas y vasos en la taberna paterna. El de Aceagrande se enamoró de la Balbina y un día, a la vuelta del servicio militar se declaró a la muchacha, esta lo aceptó, y el novio reunió a sus padres y tíos para darles la noticia.

El José era el último de los Pardo de Aceagrande y el único heredero de aquellas carballeiras, aquel praderío, aquellas veigas de Puentes. Cuando José anunció que quería casarse con la Balbina del maragato de Puentes, los padres se echaron a llorar, y los tíos amenazaron con desheredar al sobrino. ¡Jamás una maragata entraría en la familia!

José alababa las virtudes de la Balbina, pero era inútil. Salió a relucir su abuelo, el señor Sebastián, que fuera vinculeiro de los Miranda y mayordomo de Santa María de Noste.

¡Una maragata en la familia era una deshonra! El José, con harto dolor de corazón, acató la decisión familiar, y aquella noche fue a decirle a la Balbina que de lo tratado, nada. Balbina se echó a reír, y por todo comentario, dijo: -¡Ay, que ganas me entraron de un bocadillo de chorizo!

Y se lo preparó y se sentó a comerlo a la puerta de la tienda, desentendida de José Pardo, que no sabía qué hacer ni qué decir, y a quien se le llenaban los ojos de lágrimas.

Pasaron años. José no se casó. Murieron los suyos, y él vivía solo en Aceagrande, injertando manzanos, cuidando el fresal y atendiendo a las colmenas movilistas, patente Richard and Sons. Se había dejado la barba y el último sábado de  mes iba a Mellid, a que se la arreglase un barbero que se la recortaba muy a su gusto. La Balbina tampoco se había casado. Había tenido amores con un viajante de pimentón y con el cabo de la Guardia Civil del puesto de Boimorto. Se conservaba muy buena moza y aquella risa alegre de la mocedad, la conservaba ya cuarentona. 

Un amigo de José Pardo decidió un día aconsejarle: – Mira, José, la Balbina sigue estando por ti. Ni con el viajante ni con el cabo de Boimorto pasó nada de mayores. Si tú quieres yo preparo una entrevista, por ejemplo en Palas de Rei un día de feria. Ella está tratando unos pendientes con el platero, llegas tú, alabas el gusto, se los regalas, y volvéis a los cariños pasados. Hacéis una boda callada, y a esperar un heredero de la buena moza.

José Pardo meneaba la cabeza negativamente. 

– ¡Bueno – le decía el amigo -, unos pendientes, una pulsera o una cinta para el moño! ¡La cuestión es ponerse a hablar!

José Pardo seguía meneando la cabeza negativamente.

– Gustar, no digo que no me gustase acercarme a ella y regalarle los pendientes, o la pulsera, o la cinta para el moño, y casarme con ella, pero nunca podré olvidar que se puso a comer un bocadillo de chorizo cuando a mí me saltaban las lágrimas. Desde entonces nunca volví a probar chorizo alguno, tan apetecido como era de ellos. ¡Si hubiese cogido unas galletas María o hubiese bebido un vaso de gaseosa, pase, pero aquel desprecio del chorizo en aquella hora tan triste!

José Pardo de Aceagrande murió soltero, enamorado de Balbina la maragata, a causa de un bocadillo de chorizo.

 

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