Casi libres

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¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla, cada palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca.

Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.

Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.

Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos.

Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;

Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,

El sendero por el que se alejará está abierto.

El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.

¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!

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8 pensamientos en “Casi libres

  1. Poecraft dice:

    El buen Frankenstein, uno de mis primeros grandes clásicos leídos. Gracias por recordármelo. Un saludo.

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  2. Anónimo dice:

    Cuanto me ha soprendido esta novela! Creo que con el empujoncito que tu me has dado me estoy aficionando a la literatura clasica, y no imaginas lo agradecida que estoy por ello 🙂

    Le gusta a 2 personas

  3. sombrabl dice:

    Hace tanto tiempo que leí Frankenstein… Y sin embargo, me queda el recuerdo de una narración intensa, agitada, apasionada…

    Le gusta a 1 persona

  4. xavipercu dice:

    «El suelo de la isla era árido. No crecía en él más que una hierba raquítica, que servía de alimento a algunas vacas esqueléticas, y un poco de avena para los cinco habitantes, cuyos cuerpos flacos y retorcidos hablaban muy a las claras de su deficiente alimentación. Aquella gente tenía que ir a recoger el pan y las legumbres, cuando podían permitirse el lujo, lo mismo que el agua potable, al continente, que se hallaba a cinco leguas de distancia.

    La isla contaba tan sólo con tres misérrimas chozas. Al desembarcar yo, una de ellas se hallaba disponible. La alquilé. La componían dos salas mugrientas que mostraban señales de la más profunda miseria. El techo, construido con ramas y rastrojos, estaba prácticamente en ruinas. Las paredes jamás habían sido encaladas y la puerta se inclinaba hacia un lado colgando de unos goznes inservibles. Ordené que se llevara a cabo las reparaciones que fueran necesarias, alquilé algún mobiliario y me instalé en mi nuevo hogar.

    En condiciones normales, mi aparición en aquellos parajes hubiera debido parecer sorprender a la población, pero estaban tan embrutecidos, a causa de su horrenda miseria, para que yo despertara en ellos el menor interés. Ni me observaban ni me molestaban de cualquier otro modo. Apenas sí me expresaron su agradecimiento por los víveres y vestidos que les entregué; esto demuestra hasta qué extremo la miseria puede embotar los más elementales sentidos de los hombres.»

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