Archivo de la categoría: CURIOSIDADES

BOOKTAG DE LOS HÁBITOS LECTORES

¿Tienes un lugar específico para leer en tu casa?

Puedo leer en casi cualquier sitio. En casa suelo hacerlo en el sofá o en la cama (muy original). Pero mi favorito, sin duda, la cama.

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¿Marcapáginas o una pieza de papel al azar? 

Ambas cosas y al azar siempre. Lo que encuentre más a mano. Sin preferencia.

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¿Puedes parar de leer o tienes que detenerte al terminar un capítulo o un determinado número de páginas?

Intento dejar un capítulo terminado. Pero si no es posible (generalmente porque me quede dormida), tampoco me preocupa… Ya retomaré en cuanto pueda volver a la lectura.

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¿Comes o bebes mientras lees?

SI. ¿Hay algo más placentero?

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¿Ves televisión o escuchas música mientras lees?

No. Silencio.

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¿Un libro a la vez o varios al mismo tiempo?

Soy bastante cambiante así que siempre tengo empezados varios libros y los alterno según me apetezca en cada momento.

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¿Leer en casa o en cualquier parte?

Cualquier parte. Libro en la mochila, por si las moscas.

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¿Leer en voz alta o en tu cabeza?

A veces me sorprendo leyendo en voz alta, pero eso suele ocurrir cuando tengo que releer algo que no he entendido a la primera. Normalmente leo en silencio.

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¿Alguna vez lees páginas adelantadas o te saltas algunas?

Nunca. No le veo la gracia.

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¿Romper el lomo o dejarlo como nuevo?

¿Eh?

¿Escribes en tus libros?

Sí, suelo anotar, subrayar y marcar. Me gusta hacerlo porque de un simple vistazo puedo localizar rápidamente mis impresiones. Intento, a ser posible, hacerlo a lápiz.

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Kafka y la muñeca viajera

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En 1923, viviendo en Berlín, Kafka solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niñita llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. (Dora Diamant, que cuenta la historia, dice: “Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal”).

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Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la “correspondencia” prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y extrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.

Privilegiada niñita berlinesa, única lectora del libro más hermoso de Kafka. Me han contado, y quiero creer que es cierto, que el gran estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó durante años a esa niña, interrogó a vecinos del parque, revisó el catastro de la zona, puso avisos en los diarios, todo en vano. Y hasta el día de hoy visita periódicamente el parque Steglitz, examina a las señoras mayores que llevan a jugar a sus nietos… La niña ya debe de ir para los noventa años, y es difícil que la encuentre. Pero el esfuerzo vale la pena. Esas cartas de la muñeca lo tienen todo para hacer soñar no sólo a un editor como Klaus Wagenbach.

Fragmento de artículo en El País por Cesar Aira

8 de mayo de 2004

Leyenda urbana o no,  esta curiosísima historia en la vida de Kafka me ha dejado una ternura indescriptible. Este fragmento inspiró al autor catalán  Jordi Sierra i Fabra a desarrollar todas esas cartas y recopilarlas en su libro Kafka y la muñeca viajera, publicado en 2006 y galardonado con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, durante el año 2007.

Ilustraciones: Isabel Torner

 

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Hola Margaret

Cualquiera que me conozca y me escuche sabe que mi género literario preferido es la distopía. Con Orwell de cabecera siempre. 

Inmersa en la lectura de El cuento de la criada e impactándome sobre la marcha, voy buscando información por la red referente a esta obra y sobre todo a su autora, Margaret Atwood.

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No sé porqué razón tenía la idea de que esta señora estaba muerta (como pasa con la mayoría de autores que leo) pero cuál ha sido mi sorpresa cuando me entero de que vive y colea. De hecho, hasta ha colaborado con un cameo en la adaptación que ha lanzado HBO de esta novela. 

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Llevo algún tiempo observando la campaña desmesurada que se hace para “rescatar” figuras femeninas del ámbito artístico o literario (entre otros). La mayoría de las mujeres que protagonizan esta campaña están muertas, y en muchos casos murieron sin reconocimiento (casualmente como muchos grandes autores que he leído). Yo, encima, con ansia, me pongo a buscar las peculiaridades de estas mujeres pero a veces me encuentro con que el filtro que se usa para rescatarlas es sumamente amplio. Y me entristece.

Es evidente que este bombardeo tiene una muy buena intención: darles la visibilidad que no recibieron en su momento pero ¿es práctico?. Me explico: ser conscientes de que hubo (y aún hay) poca visibilidad femenina nos tendría que llevar a dar su lugar a mujeres originales como Margaret Atwood actualmente, en vida. Y a descartar a otras, también en vida. Cómo se ha hecho con muchos hombres también. ¿Lo hacemos?

En una entrevista, la propia Atwood dice que hay que tener cuidado con el feminismo moderno, porque a veces “te encuentras apoyando un paquete que incluye cosas que nosotros no apoyábamos”.

Soy la primera que tengo iconos femeninos demasiado muertos ya. Pero a partir de éstos, de su mirada y de su trayectoria está mi baremo particular para filtrar otros muchos. No obstante esta vara de medir mía no es distinta ni flexible para mujeres, porque considero que iría en detrimento de ellas.

No soy quién para aconsejar pero por favor, equilibrio y criterio. Que estamos en crisis.

PD: Hola Margaret

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Me ha encantado tu texto… ¿Quién te lo ha escrito?

Por esas coincidencias que a veces parecen estar conspirando para decirnos “reflexiona sobre esto”, he escuchado estos últimos días varias opiniones de autoras sobre si existe o no una diferencia en cuanto a género a la hora de crear. En este caso trataremos la literatura, porque es la temática que nos ocupa, pero se podría extrapolar el debate a cualquier ámbito cultural.

Una Almudena Grandes que sostiene que si ella pudo aprender tanto de Moby Dick (novela escrita por un hombre donde la única protagonista femenina es una ballena asesina) los hombres pueden, por consiguiente, ver a través de nuestros ojos.

Una Rosa Montero que defiende un NO rotundo haciendo comparación con la forma de asesinar, en la que sí hubo y hay diferencia.

Y una Inma Chacón que se pregunta cómo se nos ocurre  hoy en día preguntar a una mujer si escribe para mujeres, cuando a nadie se le ocurrió cuestionar a Flaubert si su obra Madame Bovary era literatura para féminas.

Todo esto  lo escuché en el programa de radio sobre literatura “La Milana Bonita” que sigo hace algunos meses y que recomiendo a quien no lo conozca.

Y, hoy mismo, veo a Ana Morgade en los Premios Max 2017, con tono humorístico, denunciando el patriarcado anclado en nuestros comentarios que, en este caso se lo hizo un chico, pero oye, yo hasta me lo imagino en boca de una mujer. Ella sostiene que “no podemos escribir tan distinto, igual lo que pasa es que escuchamos muy distinto”.

Todas ellas viven su propia lucha y la defienden como mejor saben, con talento y perseverancia. Cuantas habrá de las que no sabemos que existen, ni sabremos.

Recuerdo también a una Carmen Laforet contestando en entrevistas constantemente cómo compaginaba su vida familiar y su trabajo como escritora. Pregunta inexistente para los autores padres de familia.

Me voy a mis apuntes corriendo, buscando el resguardo de Virginia Woolf y recordando que ella SÍ hacía tal diferenciación y temiendo que sus palabras hayan quedado ya obsoletas. Es curioso su enfoque y, desde mi punto de vista, va más allá. No olvidemos que los siguientes textos están escritos en 1928.

Sería una lastima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo.

(…) escribía como una mujer, pero como una mujer que ha olvidado que es una mujer, de modo que sus páginas estaban llenas de esta curiosa cualidad sexual que sólo se logra cuando el sexo es inconsciente de sí mismo.

Sólo se me ocurre decir, breve y prosaicamente, que es mucho más importante ser uno mismo que cualquier otra cosa. No soñéis con influenciar a otra gente, os diría si supiera hacerlo vibrar con exaltación. Pensad en las cosas en sí.

En La Milana Bonita se cita a Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias” tomando nuestra condición de mujer como una circunstancia más que, obviamente, influye en la forma de expresarnos. Mucho más cerca esta teoría a la de Virginia Woolf que las de las autoras contemporáneas.

¿Qué opinión os merece este batiburrillo de ideas que acabo de soltar, ahí, por las buenas?

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Libros y arte

El libro como objeto es un buen recurso para crear espacios preciosos y acogedores en nuestro hogar. Sólo hay que echar un vistazo a Pinterest para tomar ideas de cómo sacar partido a nuestros libros en favor de la estética. No obstante, hoy no vamos a hablar de decoración, sino de arte.

Y es que hacía ya tiempo que me rondaba la idea de recopilar las obras de estos 4 artistas que crean sus esculturas o pinturas a partir de libros o documentos tales como revistas o periódicos. Empezamos.

  • Alicia Martín, Madrid, 1964

Aunque desarrolla su obra en diferentes disciplinas (escultura, fotografía, vídeo, instalación y dibujo) es la escultura el campo en el que ha obtenido mayor reconocimiento. A principios de los años 90 comienza a trabajar con libros, el elemento que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

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  • Nick Georgiou, Nueva York, 1980

Se vale de trozos de papel, libros y periódicos que se unen entre si para dar forma a algo nuevo e inesperado. Reciclaje convertido en arte.

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  • Ekaterina Panikanova, San Petesburgo, 1975

Crea maravillosas pinturas sobre libros y documentos antiguos, los cuales utiliza a manera de “capas”, que dan forma a espectaculares obras de arte a gran escala.

 

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  • Mike Stilkey, California, 1975

Siempre se ha sentido atraído por la pintura y el dibujo no sólo en papel, portadas de discos y páginas de libros, sino en los mismos libros.

 

¿Qué os han parecido?

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Traducciones ¿fieles?

La labor de traducción de una obra debe ser ardua y difícil. Intentando reunir por mi propia cuenta las cualidades que adornarían a este importante eslabón de la edición literaria, que es el traductor, concluyo en que debería ser lector meticuloso, tener conocimiento profundo de las lenguas que maneja (la suya la primera), poseer una curiosidad insaciable para documentarse sobre el período histórico en el que se ambiente la obra (expresiones, costumbres, ideologías…) y, para rematar, honestidad. (Casi nada, ¿eh?)

Soy de las que piensa que aunque el traductor haya hecho un trabajo sublime, se pierde la esencia del autor aunque sea en una mínima parte. Eso cuando el resultado es, reitero, sublime, que no siempre es el caso.

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Comparto tres ejemplos en obras cumbres donde se ha jugado con la traducción por motivos diferentes.

  • La Biblia

Empezamos con el libro más leído y más traducido de la historia. Se trata de la traducción que San Jerónimo hizo del Éxodo 34:29-35 Se dice que en el texto original se podía leer que Moisés emanaba “rayos de luz” de su cabeza cada vez que hablaba con Jesucristo. Sin embargo, la palabra “rayo” en hebreo (karan) también significa “cuernos” y parece ser que el traductor prefirió utilizar esta acepción porque entendía que nadie excepto Cristo podría irradiar luz. Por eso, en muchas pinturas y esculturas que representan la figura de Moisés (pensemos por ejemplo en la de Miguel Ángel) aparecen las dos protuberancias sobre su cabeza. De todas formas (no soy yo experta en temas religiosos) sobre esto se ha hablado mucho pero no es un dato confirmado.

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  • Los miserables, Victor Hugo

Por lo que he leído sobre Los miserables hay ediciones que incluso prescinden de partes enteras de la obra original. Pero en estos ejemplos que comparto se trata simple y llanamente de censura. La traductora María Teresa Gallego Urrutia comenta en una nota preliminar de la edición de Alianza Literaria: “En la primera parte de la obra, en que el obispo, monseñor Bienvenu, abrumado y contrito ante el alegato del moribundo sobre las injusticias y tropelías de la Iglesia y de la monarquía de derecho divino y la necesidad de la Revolución Francesa, se arrodilla ante el revolucionario para pedirle su bendición, episodio que los lectores españoles llevan más de cien años leyendo todo lo contrario: el arrepentido es el convencional y el que le imparte su bendición y su perdón es el obispo. En un mismo orden de cosas, ya al final de la novela, Jean Valjean, que ha rechazado, en el umbral de la muerte el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote, muere, en castellano, con un sacerdote a su cabecera, que la portera sí ha ido a buscar, como está mandado, en la versión española a la que nos estamos refiriendo.” ¿Qué os parece?

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  • El Quijote

En su traducción al francés, Filleau de Saint-Martin modificó el final de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de tal modo que en su versión Don Quijote no muere. Esto le dio pie (listillo) a escribir una segunda parte (Historia del admirable Don Quijote de la Mancha), que quedó inconclusa por el fallecimiento de su autor. Fue Robert Challe (amigo del listillo) quien retomó la obra con el título de Continuación de la Historia del admirable Don Quijote de la Mancha. (Ilustración: Antonio Saura)

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¿Conocéis más destrozos literarios de este tipo? ¿Os fijáis en si la traducción de vuestros libros es buena?

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Por amor a los clásicos – Booktag

1. ¿Por qué lees clásicos y con qué frecuencia?

Tengo muchas razones para leer clásicos. De hecho, escribí un post titulado 10 motivos para leer clásicos en el blog. Pero si me tuviera que decantar por uno sin duda sería el de la supervivencia. Que una obra la respalde una campaña de marketing abusiva me genera mucha cierta desconfianza. Prefiero que sean los años los que den su lugar a los libros.

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Sé, por otro lado, que me puedo perder joyas de la literatura contemporánea. Pero dentro de mi ansia, lidio mejor con perderme algo actual que con algún clásico que tenga muchas ganas de leer.

En cuanto a la frecuencia se podría decir que el 80% de mi tiempo de lectura está dedicada a clásicos. Eligiendo muy bien (o intentándolo al menos) ese 20% de contemporánea, que intercalo en lecturas más densas.

2. ¿Hay algún período, lugar o cultura del que no has leído muchos clásicos pero te gustaría?

La peste negra acaecida en el siglo XIV me genera mucha curiosidad hace ya bastante tiempo. Sobre todo por las consecuencias que genera la desaparición de un tercio de la población en cuanto a la ruptura del orden social establecido en la Edad Media.

Es por ello que el Decamerón de Giovanni Boccaccio está entre mis próximas lecturas. ¿Alguien lo ha leído por aquí? ¿Alguna recomendación sobre este tema? Os dejo un enlace para descargar el Decamerón en la biblioteca de Poecraft Hyde por si os interesa.

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3. ¿Qué libro actual crees que será un clásico en 100 años?

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Este creo que ya se le considera clásico a pesar de ser relativamente reciente (1979). Dentro de lo contemporáneo que tengo leído me parece que Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena perdurará en el tiempo porque reúne (a mi parecer) una serie de características que la hace bastante atractiva:  la trama es interesante, el autor mantiene la incertidumbre y las descripciones del hospital psiquiátrico donde se desarrolla la historia son muy gráficas.

4. ¿Último clásico que has leído?

El Extranjero de Albert Camus

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5. ¿Primer clásico que leíste?

Recuerdo La Celestina de Fernando de Rojas con mucho cariño. Disfruté mucho de ella  y desde ahí dije “Voy a seguir por aquí”. Siempre digo que hay un libro que activa al lector. En mi caso fue la historia de Calisto y Melibea.

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6. Portadas preferidas

La colección Austral Singular. Me parecen sencillas, elegantes y de colores atractivos. ¡Los quiero todos!

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7. ¿Qué autor clásico te gustaría que hubiese escrito más libros?

Carmen Laforet. Confieso que tengo miedo a terminar de leer su obra. Su vida y el estilo de su narrativa me fascina.

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8. ¿Clásico que menos te gusta?

No sabría qué clásico poner aquí si ayer no hubiese terminado de leer El viejo y el mar de Ernest Hemingway. Para muchos este libro es maravilloso, pero yo no le encuentro el chiste. Una lectura corta, eso sí.

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9. ¿Clásico traducido favorito?

Por lo general me gusta la literatura clásica en español. Evito las traducciones primero por gusto y segundo porque no quiero intermediarios entre los autores y yo. Siendo consciente que esto me limita, busco alguna edición bien traducida sin tener preferencia especial por el momento.

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10. ¿Clásico moderno preferido?

Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Releí esta obra hace muy poco y la verdad me asombré de lo reciente que es (1995). Estoy deseando leer Ensayo sobre la lucidez y, bueno, cualquier obra de Saramago.

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11. ¿Lugares clásicos favoritos que te gustaría visitar?

Macondo, sin ninguna duda. Y que llueva muchísimo.

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12. ¿Primer clásico que recomendarías a un niño?

El principito de Antoine de Saint-Exupéry.

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13. ¿Clásico que crees que tiene un título erróneo y cómo lo retitularías?

Puedo saltarme esta pregunta ¿verdad?

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14. ¿Clásico que recomendarías a todo el mundo?

¿Uno para todo el mundo? Difícil elección, pero me quedo con Orwell.

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¿Qué libros encajarías vosotros en estas preguntas? ¿Qué editorial preferís para las traducciones? ¿Qué autor clásico os gustaría que hubiese escrito más libros? ¿Qué comisteis ayer?

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Dreadnought hoax – El engaño del Círculo Bloomsbury

El 7 de febrero de 1910, seis intelectuales idearon una de las mayores bromas de la historia. Entre ellos estaba Virginia Woolf, en ese momento todavía Virginia Stephen, una  aspirante a escritora  de veintiocho años.

Es una historia curiosa, divertida e interesante que pone en tela de juicio la privacidad y la seguridad de la Inglaterra victoriana. Es también una fábula atemporal de cómo la prensa puede ser cómplice en el éxito de cualquier engaño.

Hasta el día de hoy, el único relato de primera mano de la broma es “The Dreadnought Hoax” escrito por Adrian Stephen, hermano de Virginia y miembro del conocido Círculo Bloomsbury, que inició la operación junto con el poeta William Horace de Vere Cole.

La idea era la siguiente:

Cole engañó a la Royal Navy para que le enseñase su buque insignia, el HMS Dreadnought, a una supuesta delegación de príncipes abisinios que en realidad eran Cole, Stephen y un grupo de cómplices, entre ellos la ya mencionada Virginia Woolf. 

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Para hacerse pasar por príncipes etíopes, se disfrazaron con turbantes y oscurecieron su piel con maquillaje. Virginia Woolf además se travistió, para lo cual se cortó el pelo y se puso barba.

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Mientras inspeccionaban el barco, para mostrar sus apreciaciones, se comunicaban en una mezcla de suajili improvisado junto con fragmentos de citas de Homero y Virgilio en griego y latín que pronunciaban de forma que no fuese reconocible. De vez en cuando, se detenían y exclamaban “Bunga bunga”, como muestra de admiración ante cualquier elemento existente en el buque. Pidieron alfombras de oración y ofrecieron falsas condecoraciones militares a algunos de los oficiales.

Esta, sin duda, es mi parte favorita. Hay que tener mucha “audacia lunática” (palabras del sobrino y biógrafo oficial de Virginia Woolf) para llevar a cabo esta farsa.

Una vez terminado el engaño, Horace de Vere Cole contactó con la prensa y envió una foto de los “príncipes” al Daily Mirror, haciendo público el engaño. En cuestión de una semana toda la historia y la foto estaba presente en varios diarios londinenses.

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La Armada británica se convirtió en el hazmerreír del país, a pesar de que muchos dijeron que no se “tragaron” el engaño y, ante la duda, se limitaron a no decir nada. La prensa, como es de esperar, hizo eco inmediato de los acontecimientos como si el engaño hubiese sido total.

Que un grupo de jóvenes intelectuales en contra del imperialismo y la época victoriana consiguera, de cualquier modo, ridiculizar una institución definida por su clasismo y falsa moralidad me pone los pelos de punta. 

¿A vosotros no?

Fuentes:

  • A Virginia le gustaba Vita, Pilar Bellver, Ed. Dos Bigotes, 2016
  • Brainpickings
  • Wikipedia
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Actitudes literarias

13686613_593452540832937_3501738031655437120_nAntes de empezar pido perdón a aquellos que estudian estas actitudes como síndromes. Por más que leo e intento profundizar en el tema no veo esa connotación negativa que encuentro en algunas definiciones y estudios. Por eso, lo prefiero llamar actitudes ante la vida basadas en obras de la literatura.

Bovarismo: estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas respecto a sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas.

Se le adjudica esta actitud al adulterio pero, como bien escribe Martín Palma en su blog Carta Náutica, todos adolecemos en mayor o menor grado de Bovarismo y podríamos eventualmente estar tentados a evasiones diversas. Es por ello que él reivindica (y yo me uno) una lectura de Madame Bovary mucho más amplia (o simple) que en lo que se refiere a triángulos amorosos: evasión por insatisfacción. Escapar y refugiarse en la literatura, las artes, el cine, el deporte, la naturaleza, el alcohol o las drogas (las evasiones no siempre son saludables).

Quijotismo:  nace de la certeza de que es posible cambiar lo existente por algo que todavía no existe sólo con que los hombres se convenzan de las bondades del cambio y lo abracen con el mismo entusiasmo que la minoría que lo promueve.

La insatisfacción, tanto en Emma Bovary como en el ingenioso hidalgo, es promovida por los libros: novelas románticas o de caballerías respectivamente.

Stendhal: situación anímica que se produce al observar obras de gran belleza, sobre todo en un corto espacio de tiempo y en una misma ciudad.

Estos síntomas aparecen descritos por primera vez en Naples and Florence: A Journey from Milan to Reggio, obra del novelista francés Marie-Henry Beyle (1783-1842), más conocido como Stendhal, tras su visita a Florencia en 1817. Por ello también se le denomina “Sindrome de Florencia”.

Y bien, ¿no son necesarias estas  actitudes hoy en día siempre?

 

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