Archivo de la etiqueta: FRAGMENTOS

Nostalgia

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“Cada recuerdo tiene su jerarquía íntima y personal, muchas veces con independencia de su importancia intrínseca”

Los renglones torcidos de Dios

Torcuato Luca de Tena

¡Cuánta verdad en tan pocas palabras!

No hay que sufrir una enfermedad relacionada con la memoria, ni tampoco está ligado a los años que nos separan de nuestro nacimiento.

Nuestros recuerdos son tan caprichosos que podemos olvidar una mirada de esta misma mañana y reemplazarla por otra de hace diez, quince o veinte años. Así somos.

No he vivido muchos malos momentos. Han sido pocos pero, todos ellos, con la característica común de obligarme a cambiar el rumbo de mis rutinas y hábitos.

Obligación de “olvidar”, readaptarte y recolocarte.

En uno de ellos, hubo alguien que me dijo algo, no sé si útil, pero cierto.

No le conocía de nada, apenas nos vimos dos o tres veces por razones de insufribles trámites. Entre lo desagradable del papeleo me dijo algo así:

“Da igual el tiempo que pase, ni lo que estés haciendo: vas a tomar algo con tus amigos, te vas a reír, vas a conducir, vas a subir las escaleras de casa más o menos sobria y ahí mismo, por poner un ejemplo, lo vas a recordar.”

Estas palabras fueron de empatía y compasión. No se muy bien si quisieron consolarme visto ahora desde la distancia.

El caso es que ahora las uso también para rememorar cada instante de la jerarquía de mis (buenos) recuerdos. Y alivia.

Alivia tener una pequeña mochila donde sacar las sonrisas cómplices y siempre fieles de tu familia, las risas con tu gente, el color especial de una ciudad llena de anécdotas o la brisa de la playa de Camposoto.

Pero, enredados también en el desorden de mi mochila, aparecen algunos recuerdos amargos que desean el primer puesto en mi particular jerarquía y me seducen dejando automáticamente de hacer caso a todo lo demás. 

Y es así como te conviertes en un despojo nostálgico un sábado por la mañana.

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Indiferencia

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Hubo un pueblo que castigaba no al ladrón, sino al que se había dejado robar, a fin de que aprendiese a cuidar de sus propiedades.

La filosofía en el tocador.
Marqués de Sade

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Semisatisfacción

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(…) La falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas.

Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por el camino de los dolores (…)

Más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida desgradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo (…)

El lobo estepario

Hermann Hesse

 

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Nuestro libro de cada día

Ojalá pudiese expresaros la sensación que me ha dejado leer “Nuestro libro de cada día” de José Saramago. Se trata de una fiel transcripción, revisada por el autor, del pregón en la Feria del Libro de Granada en su edición de 1999.

Saramago reflexiona sobre la pasión lectora desde una visión crítica cuestionando el papel de la educación, los medios, las campañas de marketing y, también, el individuo que se aloja en una serie de excusas para  confesar que no lee.

Les voy a exponer una teoría que tengo sobre la lectura que no es muy popular, incluso podría decirse que no es políticamente correcta. Y es que la lectura no es obligatoria. Leer no es obligatorio. Puedo preguntarle a un chico, «Mira, ¿y tú por qué no lees?, ¿no te gusta leer?». Y él podrá decir, «No, no me gusta». Y yo le diré, «¿No te das cuenta de lo que te estás perdiendo?». Pero imaginemos que ese chico es un buceador y que me contesta, «¿Y usted no se da cuenta de lo que se está perdiendo por no bucear?». Y tiene razón. ¿Quiere esto decir que no debamos leer? No, no quiero decir eso. Lo que quiero decir es que no vale la pena que se inventen excusas, explicaciones, para algo que está muy claro desde que existe el libro. La lectura no es ninguna obligación. La lectura es una devoción, es una pasión, es un amor.

Por mi parte es 100% recomendable.

Os dejo un enlace que os lleva directamente a su lectura en pdf aquí.

Me encantaría saber que os ha parecido si os animáis, por devoción.

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Del mito de Tristán e Isolda

60a25a0ac948a517dd2e7071d0962b94Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento del bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia.

Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quiosco compró La verdadera historia de Tristan e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quién era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba a una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural.

A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38, les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.

Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.

– ¿Tú eres el que andaba buscando a una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.

– ¿Joven o vieja? – Preguntó Tristán emocionado.

– ¡No lo sé! ¡Es churrera! – Le contestó el sargento.

Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella. 

Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de Isolda.  Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza.

Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.

– ¡Buenos días! ¿Es usted la señora Isolda?

– ¡Servidora! – respondió la amable viejecita sonriendo -. ¿Cuantos le pongo?

– ¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!

La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

– ¡Tristán! ¡Tristán querido! –  pudo decir al fin -. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!

Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada.

Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

Alvaro Cunqueiro – Las historias gallegas

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Ego

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“¿Acaso nos hacen favores los hombres por nosotros mismos? No lo creamos, querida: lo hacen por ostentación, por orgullo. ¿No es humillante, desde ese momento, convertirse así en el juguete del amor propio de los demás? ¿No lo es más todavía tener que estar agradecido por ello? Nada cuesta tanto como un beneficio recibido. Nada de términos medios: o lo devolvemos o nos envilece. Las almas orgullosas soportan mal el peso del beneficio: pesa sobre ellas con tanta violencia que el único sentimiento que exhalan es el de odio por el bienhechor.”

Filosofía en el tocador – Donatien Alphonse François de Sade

Entre escena y escena del Marqués con sus compañeros y compañeras de alcoba, éste con un sentido muy crítico de la humanidad, da unos discursos de moralidad, política y religión que te hacen levantar la vista del libro y recapacitar sobre lo leído. Porque necesitas ese respiro. 

No es mi primer post relacionado con la ayuda proporcionada y la ayuda recibida. Debe haber algo en mi subconsciente que subraya siempre estos fragmentos.

En Los besos en el pan de Almudena Grandes se narra (entre otras muchas) la historia de una señora muy bien ataviada que iba al colegio a recoger a su nieta todos los días.

En el colegio de su nieta repartían bocadillos a los niños que lo “olvidaban” en casa. La historia real era que las familias decidían ahorrar ese gasto con la escusa de que sus hijos llegarían con más hambre al almuerzo. Pero sus hijos pasaban hambre en los recreos. 

Una de esas niñas era la nieta de la señora que se enfrentó con la profesora que promovía la ayuda, amenazándola incluso con una denuncia si seguía insistiendo en que eran unos pobretones que no tenían con qué alimentar a su nieta en su descanso matutino.

Y se estudiarán las “Consecuencias de la crisis de España” con aspectos muy generales y será en los libros donde encontraremos las autenticas historias, como ha sido siempre. Pero ese es otro tema.

Nos podemos quedar con “Las almas orgullosas soportan mal el peso del beneficio” o “Hay que ser muy valiente para pedir ayuda, pero hay que ser todavía más valiente para aceptarla”. Siglo XVIII o XXI. ¿Qué preferís?

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Tasalomanía

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“Así, con la playa vacía, las olas se vuelven imponentes, son ellas solas las que gobiernan el paisaje. En ese sentido me reconozco lamentablemente dócil, maleable. Veo ese mar implacable y desolado, tan orgulloso de su espuma y de su coraje, apenas mancillado por gaviotas ingenuas, casi irreales y de inmediato me refugio en una irresponsable admiración.”

La tregua

Mario Benedetii

 

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El lobo estepario – Hermann Hesse

“Tu vida no ha de ser superficial y tonta porque sepas que tu lucha es estéril. Es mucho más superficial que luches por algo bueno e ideal y que sepas que nunca vas a conseguirlo.

¿Acaso los ideales están ahí para que los alcancemos? ¿Vivimos los hombres para suprimir la muerte?

No, vivimos para tenerla. Y luego, para amarla. Y precisamente por ella se enciende el poquito de vida de un modo tan bello.”

El lobo estepario

Hermann Hesse

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El elefante entero de Paul Ferrini

En todos los juicios que yo hago sobre ti, hay un juicio sobre mí mismo… Y ambos son igualmente ciertos o falsos. Mientras piense que yo estoy en posesión de la verdad y tú no lo estás, crearé separación, desigualdad y estableceré las bases para que el sufrimiento se instale en mi vida. Lo mismo ocurre si pienso que tú posees la verdad y yo no.

La realidad es que ambos poseemos una parte de la verdad y una parte de ilusión. Los dos miramos al mismo elefante, pero tú ves la cola y yo veo el tronco. Cuando se mira por separado, la cola y el tronco parecen que no tienen nada en común. Sólo cuando se ve la totalidad del elefante es cuando la cola y el tronco unidos, cobran sentido. No importa cuanto me esfuerce, me es imposible ver el significado de tu parte. La cola no comprende ni el porqué, ni la razón del tronco. La única forma en la que admitiré tu experiencia es aceptarla como cierta, de la misma manera que acepto la mía como tal.

Debo dar la misma credibilidad a tus percepciones que a las mías. Hasta que no establezcamos esta igualdad, la semilla del conflicto permanecerá entre nosotros. No es necesario que diga que tú tienes razón y que yo estoy equivocado. No necesito reemplazar mi verdad por la tuya, o vivir mi vida según tus premisas. Ni tampoco es preciso que diga que tú estás equivocado y que insista en que debes vivir tu vida según mis condiciones. Estas exigencias provienen de la inseguridad y de la falsa creencia de que, para amarnos los unos a los otros, debemos estar de acuerdo. No es cierto.

Para amarte debo aceptarte tal y como eres. Es lo único que debo hacer. ¡Pero eso es mucho! Aceptarte a ti tal y como eres, es una proposición tan profunda, como aceptarme a mí mismo tal y como soy. Es una tarea formidable, dada mi poca experiencia en este campo.

Permitir que tengas tu experiencia es el principio. Aprendo a respetar lo que piensas y sientes incluso cuando no me gusta o no estoy de acuerdo con ello. Incluso aunque me disguste.

En lugar de hacerte responsable del dolor que siento en relación a ti, aprendo a enfrentarme a mi propio dolor. Mi reacción a tu experiencia -positiva o negativa- me proporciona información sobre mí mismo.
El compromiso conmigo mismo y contigo es trabajar con mi propio dolor, no responsabilizarte a ti de él.

Sólo cuando te devuelva el don de tu propia experiencia, sin imponerte mis propios pensamientos y sentimientos sobre ella, te amaré sin condiciones.

Cuando acepte tu experiencia tal cual es, sin sentir la necesidad de cambiarla, te respetaré y te trataré como a un ser espiritual.

Mis pensamientos y sentimientos tienen importancia en sí mismos, pero no como comentarios o acusaciones a tu experiencia. Al comunicar lo que pienso o siento sin hacerte responsable de mis pensamientos y sentimientos, acepto mi propia experiencia y permito que tú tengas la tuya.

En las relaciones, al igual que en la conciencia, las dos caras de la moneda deben ser aceptadas como iguales. Una persona no superará el conflicto hasta que la experiencia de ambas haya sido respetada.

La cuestión no es nunca el acuerdo, aunque lo parezca. La cuestión es: ¿Somos capaces de respetar nuestra experiencia mutuamente?

Cuando sentimos que la otra persona nos acepta tal y como somos, tenemos la motivación para adaptarnos el uno al otro. Adaptarse es hacerle al otro un lugar junto a nosotros; es no imponerse ni que se nos impongan.

Una vez que se llega a la adaptación, ambas partes moran juntas. El hombre y la mujer, el blanco con el negro, el rico con el pobre, los judíos con los cristianos. Aceptar nuestras diferencias es honrar la humanidad que tenemos en común, es bendecir mutua y profundamente la experiencia que compartimos.

De modo que la cola y el tronco discutirán hasta ponerse morados y ninguno de los dos ganará la discusión. Ambas experiencias son igualmente válidas. Al permitir que esto sea posible, el elefante empieza a cobrar forma. Al aceptar la validez de tu experiencia sin intentar cambiarla, sin intentar que sea algo más parecida a la mía, mi propia experiencia empezará a adquirir un mayor significado. Cuando te contemplo como a un igual y no como a alguien que precisa ser educado, reformado o determinado, el significado de nuestra relación se revela por sí mismo. Cuando se le da la bienvenida a cada parte, el todo empieza a tomar forma y resulta más fácil comprender y apreciar el significado de las partes.

Un mundo que pretende conseguir un acuerdo, encontrará conflicto y sectarismo. Un mundo que proporciona  un espacio seguro a la diversidad, encontrará la unidad esencial para convertirse en entero. Frente a los opuestos tenemos dos opciones: resistirlos o abrazarlos. Si los resistimos, provocaremos un conflicto entre el yo y el otro. Si los aceptamos, los integraremos como agentes dinámicos y originaremos una transformación alquímica en el interior del yo.

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Vivieron horas de desahogo

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Art by Siret Roots

“Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de desahogo.

Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre,  y hasta llegaron a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad desaforada pero momentánea de sus horas secretas.”

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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