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Leer no es sexy – Milena Busquets

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De un tiempo a esta parte intentan convencernos de que todo es sexy. Supongo que los especialistas en marketing y comunicación se han dado cuenta (a buenas horas) de que casi todo lo que hacemos lo hacemos por amor, para que nos quieran los demás o para querernos más a nosotros mismos. Después de todo, el narcisismo también es una forma de amor, tal vez sea incluso una de las más extendidas.

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Y como el amor es el hermano mayor y trascendente del sexo y van tan a menudo cogidos de la mano, han decidido repetirnos lo de sexy hasta la saciedad. Así que ahora resulta que la política es sexy, que las pizzas congeladas son sexis, que el feminismo es sexy, que beber zumos gigantescos de color verde oscuro es sexy, que ir al dentista es sexy, que ir en bicicleta es sexy, que limpiar la casa es sexy, que pedir una hipoteca es sexy y que leer también es sexy.

Paul Newman

En el caso de la lectura, entre otras muchas iniciativas para animarnos a leer, han hecho unos pósters preciosos con fotos de Paul Newman y de Marilyn Monroe en todo su esplendor, ambos leyendo, y debajo el eslogan: “Leer es sexy”. Bueno, pues tengo malas noticias para ustedes: leer no es sexy.

Leer es una experiencia honda, a veces dolorosa, casi siempre ardua (mucho más ardua que plantarse delante de la televisión o del ordenador). Leer requiere esfuerzo, concentración, constancia, paciencia, cultura, práctica y determinación. Y si queréis que os diga la verdad, escribir tampoco es nada sexy. No hablemos ya de vivir con un escritor, un ser ensimismado y gruñón que pasa la mayor parte del día en su mundo, imaginando cosas y violentando la realidad.

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Tampoco es sexy pensar. Enfrentarse una y otra vez a las propias limitaciones resulta más bien agotador y frustrante. Ni aprender alemán. Ni parir. Ni buscar una cura contra el cáncer. Ni acompañar a tu madre al médico. A veces, ni siquiera el sexo es sexy.

Es sexy que te lean un libro en voz alta, igual que es irresistible que alguien te cuente una historia cuando estás a punto de dormirte (o, si te dedicas a escribir, a cualquier hora del día), que es el equivalente humano de dejar una luz encendida para no sumirse solo y a tientas en los sueños.

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La noche es sexy, y el mar, y las fiestas de dos personas, y los coches descapotables, y el despilfarro, y los extremos. Y los casinos. Y el caviar a cucharadas. Y una caja de botellas de champán en la puerta de casa. Y una cajetilla de Ducados olvidada encima de una mesilla de noche. 

Desear es sexy (mucho más sexy que ser deseado). Y los escotes femeninos. Y también Paul Newman y Marilyn Monroe, leyendo o bailando sardanas, da igual. Pero leer, no. Leer no es sexy.

Leer es importante.

 

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La sociedad – Virginia Woolf

Cuando leo a Virginia Woolf  me da resaca.

Su personalidad me causa mucha curiosidad. Su elocuencia, su estilo cuidado, su autoexigencia y la dureza que empleaba en sus críticas literarias (que, por descontado, se podía permitir por la perfección de sus textos) son cualidades dignas de admiración.

Por todas estas razones quiero devorar todo lo que escribió, pero no puedo más que leer de vez en cuando y digerir lentamente. Con templanza. Si no lo hago así, me da resaca.

En este asalto estoy con algunos de sus relatos cortos y me ha llamado la atención uno en especial llamado “La sociedad”. Tiene muchos tintes de su famosa obra “Una habitación propia” pero con menos páginas. Diría que es aconsejable para una toma de contacto con Virginia, sin adentrarse en sus novelas o ensayos de lleno. Además hace referencia a la hilarante anécdota del Dreadnought Hoax de la que soy muy fan.

El relato en cuestión comienza así:

Así comenzó todo. Éramos un grupo de seis o siete reunidas después del té. Algunas miraban hacia la sombrerera de enfrente, donde las plumas rojas y las pantuflas doradas seguían iluminadas en la vidriera; otras dejaban pasar el tiempo construyendo pequeñas torres de azúcar en el borde de la bandeja del té. Pasado un momento, según lo recuerdo, nos ubicamos alrededor del fuego y comenzamos, como de costumbre, a elogiar a los hombres. Qué fuertes, qué nobles, qué inteligentes, qué valientes, qué bellos eran; y cómo envidiábamos a aquellas que, por las buenas o por las malas, lograban unirse a uno de por vida. Hasta que Poll, que había permanecido en silencio hasta el momento, rompió a llorar.

Para seguir leyendo os dejo el relato completo en PDF –> La sociedad

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Traducciones ¿fieles?

La labor de traducción de una obra debe ser ardua y difícil. Intentando reunir por mi propia cuenta las cualidades que adornarían a este importante eslabón de la edición literaria, que es el traductor, concluyo en que debería ser lector meticuloso, tener conocimiento profundo de las lenguas que maneja (la suya la primera), poseer una curiosidad insaciable para documentarse sobre el período histórico en el que se ambiente la obra (expresiones, costumbres, ideologías…) y, para rematar, honestidad. (Casi nada, ¿eh?)

Soy de las que piensa que aunque el traductor haya hecho un trabajo sublime, se pierde la esencia del autor aunque sea en una mínima parte. Eso cuando el resultado es, reitero, sublime, que no siempre es el caso.

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Comparto tres ejemplos en obras cumbres donde se ha jugado con la traducción por motivos diferentes.

  • La Biblia

Empezamos con el libro más leído y más traducido de la historia. Se trata de la traducción que San Jerónimo hizo del Éxodo 34:29-35 Se dice que en el texto original se podía leer que Moisés emanaba “rayos de luz” de su cabeza cada vez que hablaba con Jesucristo. Sin embargo, la palabra “rayo” en hebreo (karan) también significa “cuernos” y parece ser que el traductor prefirió utilizar esta acepción porque entendía que nadie excepto Cristo podría irradiar luz. Por eso, en muchas pinturas y esculturas que representan la figura de Moisés (pensemos por ejemplo en la de Miguel Ángel) aparecen las dos protuberancias sobre su cabeza. De todas formas (no soy yo experta en temas religiosos) sobre esto se ha hablado mucho pero no es un dato confirmado.

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  • Los miserables, Victor Hugo

Por lo que he leído sobre Los miserables hay ediciones que incluso prescinden de partes enteras de la obra original. Pero en estos ejemplos que comparto se trata simple y llanamente de censura. La traductora María Teresa Gallego Urrutia comenta en una nota preliminar de la edición de Alianza Literaria: “En la primera parte de la obra, en que el obispo, monseñor Bienvenu, abrumado y contrito ante el alegato del moribundo sobre las injusticias y tropelías de la Iglesia y de la monarquía de derecho divino y la necesidad de la Revolución Francesa, se arrodilla ante el revolucionario para pedirle su bendición, episodio que los lectores españoles llevan más de cien años leyendo todo lo contrario: el arrepentido es el convencional y el que le imparte su bendición y su perdón es el obispo. En un mismo orden de cosas, ya al final de la novela, Jean Valjean, que ha rechazado, en el umbral de la muerte el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote, muere, en castellano, con un sacerdote a su cabecera, que la portera sí ha ido a buscar, como está mandado, en la versión española a la que nos estamos refiriendo.” ¿Qué os parece?

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  • El Quijote

En su traducción al francés, Filleau de Saint-Martin modificó el final de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de tal modo que en su versión Don Quijote no muere. Esto le dio pie (listillo) a escribir una segunda parte (Historia del admirable Don Quijote de la Mancha), que quedó inconclusa por el fallecimiento de su autor. Fue Robert Challe (amigo del listillo) quien retomó la obra con el título de Continuación de la Historia del admirable Don Quijote de la Mancha. (Ilustración: Antonio Saura)

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¿Conocéis más destrozos literarios de este tipo? ¿Os fijáis en si la traducción de vuestros libros es buena?

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La insoportable levedad del ser – Milan Kundera

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“¡Qué título tan potente el de este libro!” – Pensé la primera vez que oí hablar de él. Busqué un poco de información. Sinopsis:

Esta es una extraordinaria historia de amor, o sea de celos, de sexo, de traiciones, de muerte y también de las debilidades y paradojas de la vida cotidiana de dos parejas cuyos destinos se entrelazan irremediablemente. Guiado por la asombrosa capacidad de Milan Kundera de contar con cristalina claridad, el lector penetra fascinado en la trama compleja de actos y pensamientos que el autor va tejiendo con diabólica sabiduría en torno a sus personajes. Y el lector no puede sino terminar siendo el mismo personaje, cuando no todos a la vez. Y es que esta novela va dirigida al corazón, pero también a la cabeza del lector. En efecto, los celos de Teresa por Tomás, el terco amor de éste por ella opuesto a su irreflenable deseo de otras mujeres, el idealismo lírico y cursi de Franz, amante de Sabina, y la necesidad de ésta, amante también de Tomás, de perseguir incansable, una libertad que tan sólo la conduce a la insoportable levedad del ser, se convierten de simple anécdota en reflexión sobre problemas filosóficos que, afectan a cada uno directamente, cada día.

No me convenció. Me sonaba a Love actually. No me interesaba.

Vuelve a aparecer su título. Vuelvo a buscar la sinopsis y alguna opinión (tengo poca memoria). Nada, cuando recordé la comedia romántica lo descarté de nuevo.

Empiezo a leer comentarios de gente enamorada de su lectura. No me atrae a pesar de las buenas reseñas, incluso he llegado a leer que es un libro que cambia la vida.

Cabe mencionar que el título seguía y sigue impactándome, independientemente de mi opinión ahora. Así que la curiosidad mató al gato y me lo zampé.

Encontré en él muchos temas aparte de celos, sexo, infidelidad, amor, etc.  Es por ello que pienso que la sinopsis no refleja la esencia de la obra. En ella no se cuenta que se hablará también de movimientos políticos, religión, respeto a los animales, o la subjetividad entre otras cosas. Hay alguna reflexión destacable, como por ejemplo la del vértigo:

¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.

No ha cambiado mi vida (hay libros que la cambian, pero este no es uno de ellos). Aún no se realmente qué me ha causado La insoportable levedad del ser aparte de un conflicto entre mis expectativas y la realidad. Mentiría si dijera que no me enganchó al principio pero se fue desinflando poco a poco ya que, a medida que avanzaba, me parecía filosofía barata. Yo nunca catalogaría esta obra como filosófica, como está catalogada (como si fuese yo alguien para catalogar).

En mi opinión ni la sinopsis hace honor al libro, ni el libro hace honor al título.

Ahora bien, al César lo que es del César. En la sexta parte llamada La Gran Marcha me pareció salir de la novela y meterme en una distopía que refleja los comportamientos humanos ante una situación extrema. Ese fragmento sí que me gustó bastante y, como veis, no tiene nada que ver con la presentación que se da del libro.

¿Qué os ha parecido a los que lo habéis leído?

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El libro es…

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Ilustración: Marco Palena

Tabla para el náufrago, escudo para el bueno y horca para el ruin, paraguas para el sol y la lluvia, capote de torero, ladrillo que hace paredes que hace casas que hace ciudades que hace mundos.

El libro es jardín que se puede llevar en el bolsillo, nave espacial que viaja en la mochila, arma para enfrentar las mejores batallas y afrentar a los peores enemigos, semilla de libertad, pañuelo para las lágrimas.

El libro es cama mullida y cama de clavos, el libro te obliga a pensar, a sonreír, a llorar, a enojarte ante lo injusto y aplaudir la venganza de los justos.

El libro es comida, techo, asiento, ropa que me arropa, boca que besa mi boca.

Lugar que contiene el universo.

Persona Normal, Benito Taibo

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A Virginia le gustaba Vita

Me llamaba mucho la atención este libro desde su publicación el año pasado. Se trata de una novela epistolar de la escritora jienense Pilar Bellver donde se cuenta la historia de amor entre Virginia Woolf (ensayista, novelista, feminista y editora en el siglo XX) y Vita Sackville-West (también poetisa y escritora de la época).

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Cualquiera que haya leído Una habitación propia de Virginia Woolf sabrá que hay un antes y un después cuando Virginia se da cuenta y reflexiona sobre la aparición en la literatura de una mujer a la que le gustaba otra mujer. De ahí el título de esta joya y aquí la explicación de la autora:

“A Chloe le gustaba Olivia, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello”. (Virginia Woolf, Una habitación propia, pág. 112, ed. Seix Barral, 2002). El título es, pues, un homenaje a ese inmenso cambio que suponía, según explica Virginia más abajo, que aquella fuera la primera vez que podía leerse en un libro escrito en inglés que a una mujer le gustaba otra.

Lo primero que quiero decir acerca de este libro es que las cartas NO son las originales. Es una novela ficticia basada en sus cartas y documentos que, aunque no en su totalidad, se citan con bastante frecuencia.

Refugiándose en la ficción la autora no deja, con notas al pie, de hacer aclaraciones sobre el texto y de donde saca tales y cuales conjeturas. 

La obra en sí se divide en dos partes. La primera donde se lee la novela tal y cómo he descrito anteriormente, en forma de cartas y con abundantes notas al pie; y la segunda donde por medio de un diálogo entre una adolescente y su tía se amplían algunos aspectos, ya sin ficción y con datos muy curiosos.

¿Recomendable? Sí. No hay pretensiones por parte de la autora, cosa que se agradece y se respetan bastante las posibles teorías que se le puedan dar a un hecho, abandonando clichés. La edición, además, está muy cuidada. Las notas al pie no son aburridas ni sobrecargadas de información. 

¿Qué saco de aquí? Un rato agradable leyendo este libro y una completísima lista de libros donde seguir conociendo a Virginia. También una autora que, sin ninguna duda, seguiré leyendo. Y lo seguiré haciendo porque Pilar Bellver creó en 2008 su página web con el único fin de ir permitiendo la descarga gratuita de sus obras ya publicadas en papel, pero agotadas y libres de derechos editoriales.

 

 

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Menos mal que la mujer que llora está muerta

Hace unos días terminé de leer la biografía de Dora Maar escrita por Alicia Dujovne Ortiz, titulada “Dora Maar. Prisionera de la mirada”.

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Para entrar un poco en materia Dora fue artista plástica, fotógrafa, pintora y escultora en el siglo XX. Y no sólo eso. Dora tenía una personalidad fuerte y peculiar marcada por la ironía y el sarcasmo. Era inteligente, curiosa y activista de los derechos humanos. 

Fue amante de Picasso y un gran enigma después de su romance ya que se retiró de la vida social y se alojó en el cristianismo hasta el final de sus días. 

Toda esta historia de mujer independiente que se “derrumba” (que se derrumba es muy relativo a mi parecer) me atrajo. Me atrajo como me suele atraer todo. Con ansia de leer, ver documentales, sus obras, sus fotografías… Y me enredo días hasta que llega otro tema del que aprender.

El libro en sí contiene bastantes datos de su vida y, por ende, de la vida de Picasso. Se pueden leer muchas anécdotas curiosas en las que van desfilando artistas y escritores de la época. Se analizan determinadas obras (tanto de ella como de él) durante el período de idilio. Las aventuras sexuales y liberales que se le atribuyen al surrealismo también son narrados de forma muy sutil. El estilo es elegante, a veces tanto que huele a rancio. 

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Que haya disfrutado de la lectura por el aporte de información no quita que esté en total desacuerdo con la visión de Alicia en el punto de atribuir a la relación con el artista el comportamiento de Dora, extraño y paranoico hasta su encierro voluntario. Tuvieron un tira y afloja bastante honesto y puntiagudo, por lo que se lee. Y el afloja se alargó, como tantas veces pasa. Esa es mi apreciación.

Lo gracioso es que, en general, el libro es bastante objetivo y llevadero. Los episodios están bien escogidos y contados pero cuando la autora se mete de lleno en exponer su punto de vista (qué menos que tomarse esa licencia después de años para documentarse, obviamente)… ¡ZAS! Jarro de agua fría.

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La misma fotógrafa que inmortalizó el proceso de creación del Guernica se convirtió en la “Mujer que llora”. Me aventuro a pensar que lloraría aún más si viera el enfoque que se da de su vida, siendo la víctima de un gran tirano según la autora. 

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Distender

Según la RAE: Aflojar, relajar o disminuir la tensión de algo.

Todos necesitamos en lo arduo de la rutina intercalar soplos de frescura. Aunque la rutina no sea tensa (para algunos más que para otros), siempre necesita de variaciones para que justamente no nos parezca eso, rutinaria. Aunque lo sea. 

¿Son estas variaciones distensoras tanto o más importantes que la rutina propiamente dicha? Sí, por supuesto. Como lo son admirar la naturaleza después de un día abrumador de trabajo o sin él, pasar un rato a la mesa con la familia compartiendo comida, vino, anécdotas y chistes o el silencio sin más.

Mi rutina lectora dista mucho de ser pesada. De hecho, es mi vía de escape por excelencia. Pero es curioso que, dentro de esta rutina, me sirva de variaciones, como el teatro y la poesía, para aportar esa frescura que necesito cuando hay libros que, o bien no me han terminado de convencer o justamente lo contrario, me han dejado tan sorprendida que no sepa a qué recurrir que esté a la altura (en este último caso, más que distender, necesito “olvidar” la impresión en un tiempo prudencial).

Y es aquí donde vengo a recomendar una obra de teatro de los hermanos Álvarez Quintero: El genio alegre. Dicha obra se empeña en recalcar lo importante que es para sobrellevar los días una actitud alegre y positiva, donde la risa sea siempre protagonista en lugar de pesadumbres, quejas u orden.

Es cómica sin caer en lo vulgar, arraigada a Andalucía y sus acentos, de carácter costumbrista sin entrar demasiado en crítica ni símbolismos, con pocos pero simpáticos personajes. Una obra para, al fin y al cabo, distender.

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Curiosidad: El compositor italiano Franco Vittadini le puso música convirtiéndola en la ópera Anima allegra.

P.D: El apunte inferior referente a los acentos en el reparto de los personajes muestra el hincapié que hacen los autores en su representación o lectura. ❤

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Les he puesto un piso a mis libros

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Desde hace unos pocos años les he puesto un piso a mis libros. Así de crudo.

Las personas que vienen de visita a este piso cubierto todo  él de estanterías donde yo mismo, naturalmente, cohabito con mi gato y con ellos, se quedan al principio un poco perplejas. Incluso las que se dedican profesionalmente a escribir.

La pregunta más corriente es: “¿Te los has leído todos?”. ¡Qué impertinencia! ¿Les pregunto yo a mis amigos si se han sentado en todas las sillas y sofás y taburetes y tumbonas de sus casas de la ciudad y de la sierra?

El biblioerotismo, como todo amor de verdad, es una apuesta de futuro. Y yo, un vicioso prudente, he almacenado esta amplia galería de objetos amados pensando en la vejez. O en las vacas flacas.

Esas criaturas mudas pero en absoluto silenciosas que me acompañan día y noche son un cielo. Las tengo muy bien instaladas pese algún aprieto. Las limpio yo mismo, siempre que encuentro el tiempo, con un plumero específico. Las saco a respirar de su balda de vez en cuando, no todas las veces pasando cada una de sus páginas.

A la cama me llevo cada noche dos o tres ejemplares, aunque uno es siempre el favorito de la mesilla. Me duermo plácidamente arrullado por sus palabras. Y a la mañana siguiente me despierto, y allí siguen como una roca. No hay que prepararles el desayuno ni llevarlos al colegio.

Según a como está el metro cuadrado en mi zona, pagarle un piso al libro es un lujo. Un lujo prohibitivo que aún me permito en la vida.

Artículo de Molina Foix en el Suplemento Inmobilario de EL PAIS. (2008)

 

 

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