Archivo de la etiqueta: libros

BOOKTAG DE LOS HÁBITOS LECTORES

¿Tienes un lugar específico para leer en tu casa?

Puedo leer en casi cualquier sitio. En casa suelo hacerlo en el sofá o en la cama (muy original). Pero mi favorito, sin duda, la cama.

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¿Marcapáginas o una pieza de papel al azar? 

Ambas cosas y al azar siempre. Lo que encuentre más a mano. Sin preferencia.

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¿Puedes parar de leer o tienes que detenerte al terminar un capítulo o un determinado número de páginas?

Intento dejar un capítulo terminado. Pero si no es posible (generalmente porque me quede dormida), tampoco me preocupa… Ya retomaré en cuanto pueda volver a la lectura.

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¿Comes o bebes mientras lees?

SI. ¿Hay algo más placentero?

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¿Ves televisión o escuchas música mientras lees?

No. Silencio.

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¿Un libro a la vez o varios al mismo tiempo?

Soy bastante cambiante así que siempre tengo empezados varios libros y los alterno según me apetezca en cada momento.

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¿Leer en casa o en cualquier parte?

Cualquier parte. Libro en la mochila, por si las moscas.

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¿Leer en voz alta o en tu cabeza?

A veces me sorprendo leyendo en voz alta, pero eso suele ocurrir cuando tengo que releer algo que no he entendido a la primera. Normalmente leo en silencio.

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¿Alguna vez lees páginas adelantadas o te saltas algunas?

Nunca. No le veo la gracia.

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¿Romper el lomo o dejarlo como nuevo?

¿Eh?

¿Escribes en tus libros?

Sí, suelo anotar, subrayar y marcar. Me gusta hacerlo porque de un simple vistazo puedo localizar rápidamente mis impresiones. Intento, a ser posible, hacerlo a lápiz.

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Cuando Matilda descubrió los libros

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Así que la joven mente de Matilda siguió creciendo, alimentada por las voces de todos aquellos autores que habían lanzado sus libros al mundo como barcos a la mar. Esos libros dieron a Matilda un mensaje de esperanza: No estás sola.

Matilda, Roal Dahl 1988

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Kafka y la muñeca viajera

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En 1923, viviendo en Berlín, Kafka solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niñita llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. (Dora Diamant, que cuenta la historia, dice: “Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal”).

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Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la “correspondencia” prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y extrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.

Privilegiada niñita berlinesa, única lectora del libro más hermoso de Kafka. Me han contado, y quiero creer que es cierto, que el gran estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó durante años a esa niña, interrogó a vecinos del parque, revisó el catastro de la zona, puso avisos en los diarios, todo en vano. Y hasta el día de hoy visita periódicamente el parque Steglitz, examina a las señoras mayores que llevan a jugar a sus nietos… La niña ya debe de ir para los noventa años, y es difícil que la encuentre. Pero el esfuerzo vale la pena. Esas cartas de la muñeca lo tienen todo para hacer soñar no sólo a un editor como Klaus Wagenbach.

Fragmento de artículo en El País por Cesar Aira

8 de mayo de 2004

Leyenda urbana o no,  esta curiosísima historia en la vida de Kafka me ha dejado una ternura indescriptible. Este fragmento inspiró al autor catalán  Jordi Sierra i Fabra a desarrollar todas esas cartas y recopilarlas en su libro Kafka y la muñeca viajera, publicado en 2006 y galardonado con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, durante el año 2007.

Ilustraciones: Isabel Torner

 

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Tú no te irás – Rafael Alberti

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Ven, mi amor, en la tarde del Aniene
y siéntate conmigo a ver viento.
Aunque no estés, mi solo pensamiento
es ver contigo el viento que va y viene.

Tú no te vas, porque mi amor te tiene.
Yo no me iré, pues junto a ti me siento
más vida de tu sangre, más tu aliento,
más luz del corazón que me sostiene

Tú no te irás, mi amor, aunque lo quieras.
Tú no te irás, mi amor, y si te fueras,
Aun yéndote, mi amor, jamás te irías.

Es tuya mi canción, en ella estoy.
Y en ese viento que va y viene voy.
Y en ese viento siempre, me verías.

Nota: A pesar de gustarme mucho la poesía de Alberti, he llegado a este poema por medio del escritor mexicano Benito Taibo. Recomiendo ver su TEDx Talk. Apuesto que cualquier lector se emocionará con sus palabras. Confieso que, como mujer intensa que soy, me se trozos del vídeo de memoria. 

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La sociedad – Virginia Woolf

Cuando leo a Virginia Woolf  me da resaca.

Su personalidad me causa mucha curiosidad. Su elocuencia, su estilo cuidado, su autoexigencia y la dureza que empleaba en sus críticas literarias (que, por descontado, se podía permitir por la perfección de sus textos) son cualidades dignas de admiración.

Por todas estas razones quiero devorar todo lo que escribió, pero no puedo más que leer de vez en cuando y digerir lentamente. Con templanza. Si no lo hago así, me da resaca.

En este asalto estoy con algunos de sus relatos cortos y me ha llamado la atención uno en especial llamado “La sociedad”. Tiene muchos tintes de su famosa obra “Una habitación propia” pero con menos páginas. Diría que es aconsejable para una toma de contacto con Virginia, sin adentrarse en sus novelas o ensayos de lleno. Además hace referencia a la hilarante anécdota del Dreadnought Hoax de la que soy muy fan.

El relato en cuestión comienza así:

Así comenzó todo. Éramos un grupo de seis o siete reunidas después del té. Algunas miraban hacia la sombrerera de enfrente, donde las plumas rojas y las pantuflas doradas seguían iluminadas en la vidriera; otras dejaban pasar el tiempo construyendo pequeñas torres de azúcar en el borde de la bandeja del té. Pasado un momento, según lo recuerdo, nos ubicamos alrededor del fuego y comenzamos, como de costumbre, a elogiar a los hombres. Qué fuertes, qué nobles, qué inteligentes, qué valientes, qué bellos eran; y cómo envidiábamos a aquellas que, por las buenas o por las malas, lograban unirse a uno de por vida. Hasta que Poll, que había permanecido en silencio hasta el momento, rompió a llorar.

Para seguir leyendo os dejo el relato completo en PDF –> La sociedad

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Libros y arte

El libro como objeto es un buen recurso para crear espacios preciosos y acogedores en nuestro hogar. Sólo hay que echar un vistazo a Pinterest para tomar ideas de cómo sacar partido a nuestros libros en favor de la estética. No obstante, hoy no vamos a hablar de decoración, sino de arte.

Y es que hacía ya tiempo que me rondaba la idea de recopilar las obras de estos 4 artistas que crean sus esculturas o pinturas a partir de libros o documentos tales como revistas o periódicos. Empezamos.

  • Alicia Martín, Madrid, 1964

Aunque desarrolla su obra en diferentes disciplinas (escultura, fotografía, vídeo, instalación y dibujo) es la escultura el campo en el que ha obtenido mayor reconocimiento. A principios de los años 90 comienza a trabajar con libros, el elemento que se ha convertido en una de sus señas de identidad.

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  • Nick Georgiou, Nueva York, 1980

Se vale de trozos de papel, libros y periódicos que se unen entre si para dar forma a algo nuevo e inesperado. Reciclaje convertido en arte.

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  • Ekaterina Panikanova, San Petesburgo, 1975

Crea maravillosas pinturas sobre libros y documentos antiguos, los cuales utiliza a manera de “capas”, que dan forma a espectaculares obras de arte a gran escala.

 

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  • Mike Stilkey, California, 1975

Siempre se ha sentido atraído por la pintura y el dibujo no sólo en papel, portadas de discos y páginas de libros, sino en los mismos libros.

 

¿Qué os han parecido?

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Traducciones ¿fieles?

La labor de traducción de una obra debe ser ardua y difícil. Intentando reunir por mi propia cuenta las cualidades que adornarían a este importante eslabón de la edición literaria, que es el traductor, concluyo en que debería ser lector meticuloso, tener conocimiento profundo de las lenguas que maneja (la suya la primera), poseer una curiosidad insaciable para documentarse sobre el período histórico en el que se ambiente la obra (expresiones, costumbres, ideologías…) y, para rematar, honestidad. (Casi nada, ¿eh?)

Soy de las que piensa que aunque el traductor haya hecho un trabajo sublime, se pierde la esencia del autor aunque sea en una mínima parte. Eso cuando el resultado es, reitero, sublime, que no siempre es el caso.

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Comparto tres ejemplos en obras cumbres donde se ha jugado con la traducción por motivos diferentes.

  • La Biblia

Empezamos con el libro más leído y más traducido de la historia. Se trata de la traducción que San Jerónimo hizo del Éxodo 34:29-35 Se dice que en el texto original se podía leer que Moisés emanaba “rayos de luz” de su cabeza cada vez que hablaba con Jesucristo. Sin embargo, la palabra “rayo” en hebreo (karan) también significa “cuernos” y parece ser que el traductor prefirió utilizar esta acepción porque entendía que nadie excepto Cristo podría irradiar luz. Por eso, en muchas pinturas y esculturas que representan la figura de Moisés (pensemos por ejemplo en la de Miguel Ángel) aparecen las dos protuberancias sobre su cabeza. De todas formas (no soy yo experta en temas religiosos) sobre esto se ha hablado mucho pero no es un dato confirmado.

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  • Los miserables, Victor Hugo

Por lo que he leído sobre Los miserables hay ediciones que incluso prescinden de partes enteras de la obra original. Pero en estos ejemplos que comparto se trata simple y llanamente de censura. La traductora María Teresa Gallego Urrutia comenta en una nota preliminar de la edición de Alianza Literaria: “En la primera parte de la obra, en que el obispo, monseñor Bienvenu, abrumado y contrito ante el alegato del moribundo sobre las injusticias y tropelías de la Iglesia y de la monarquía de derecho divino y la necesidad de la Revolución Francesa, se arrodilla ante el revolucionario para pedirle su bendición, episodio que los lectores españoles llevan más de cien años leyendo todo lo contrario: el arrepentido es el convencional y el que le imparte su bendición y su perdón es el obispo. En un mismo orden de cosas, ya al final de la novela, Jean Valjean, que ha rechazado, en el umbral de la muerte el ofrecimiento de la portera de ir a buscar un sacerdote, muere, en castellano, con un sacerdote a su cabecera, que la portera sí ha ido a buscar, como está mandado, en la versión española a la que nos estamos refiriendo.” ¿Qué os parece?

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  • El Quijote

En su traducción al francés, Filleau de Saint-Martin modificó el final de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de tal modo que en su versión Don Quijote no muere. Esto le dio pie (listillo) a escribir una segunda parte (Historia del admirable Don Quijote de la Mancha), que quedó inconclusa por el fallecimiento de su autor. Fue Robert Challe (amigo del listillo) quien retomó la obra con el título de Continuación de la Historia del admirable Don Quijote de la Mancha. (Ilustración: Antonio Saura)

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¿Conocéis más destrozos literarios de este tipo? ¿Os fijáis en si la traducción de vuestros libros es buena?

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El mar y la sombra – Victor Hugo

4736224a352ba4b7b99c14b05f7f57f0¡Hombre al agua!

¡Qué más da! El barco no se detiene. El viento sopla, ese barco sombrío tiene un derrotero al que no le queda más remedio que atenerse.

Pasa de largo.

El hombre desaparece, vuelve luego a aparecer, se sumerge y regresa a la superficie, llama, tiende los brazos, no lo oyen; el barco, vibrando en el huracán, no atiende sino a su maniobra; los marineros y los pasajeros no ven ya siquiera al hombre hundido en el agua; la pobre cabeza no es ya sino un punto entre la enormidad de las olas.

Lanza en las profundidades gritos desesperados. ¡Esa vela que se aleja es un espectro terrible! La mira, la mira con frenesí. Se aleja, palidece, mengua. Hace un momento él estaba allí, formaba parte de la tripulación, iba y venía por el puente con los demás, le correspondía su ración de aire para respirar y de sol, era un ser vivo. Ahora, ¿qué ha sucedido? Resbaló, cayó, y ya está.

Se haya en el agua monstruosa. Sólo tiene ya bajo los pies algo que huye y se desploma. Las olas, que el viento rasga y hace jirones, lo rodean horrorosamente; los cabeceos del abismo lo arrastran; todos los harapos del agua se mueven en torno a su cabeza; un populacho de olas le escupe; confusas cavidades se lo tragan a medias; cada vez que se hunde, vislumbra precipicios repletos de noche; espantosas vegetaciones desconocidas lo aferran, le anudan los pies, tiran de él; nota que se vuelve abismo; forma parte de la espuma; las oleadas se lo lanzan, de una a otra; bebe amargura; el océano se obstina en ahogarlo; la enormidad juega con su agonía. Es como si toda esa agua fuera odio.

No obstante lucha.

Intenta defenderse, intenta mantenerse a flote, se esfuerza, nada.

Él, esa pobre fuerza que se agota enseguida, combate contra lo inagotable.

¿Dónde estará el barco? Allá lejos. Casi no se lo ve entre las pálidas tinieblas del horizonte.

Soplan las ráfagas; todas las espumas lo agobian. Alza los ojos y no ve sino las livideces de las nubes. Presencia, agonizante, la gigantesca demencia del mar. Esa locura es un suplicio. Oye ruidos ajenos al hombre que parecen venir de más allá de la tierra y no se sabe de qué exterior espantoso.

Hay aves en las nubes, de la misma forma que hay ángeles por encima de los desvalimientos humanos, pero ¿qué podrían hacer por él? Vuelan, cantan y planean; y él suelta un estertor.

Siente que lo sepultan a la vez esos dos infinitos, el océano y el cielo; uno es tumba y el otro es sudario.

Cae la noche, lleva horas nadando, ya no le quedan fuerzas; aquel barco, aquel objeto lejano en el que había hombres, se ha esfumado, está solo en el formidable abismo crepuscular, se hunde, se resiste, se retuerce, nota por debajo de él los inconcretos monstruos de lo invisible; llama.

Ya no hay hombres. ¿Dónde está Dios?

Llama. ¡Que conteste alguien! ¡Alguien! Sigue llamando.

Nada en el horizonte. Nada en el cielo.

Implora a la extensión, a las olas, a las algas, al arrecife, están sordos. Suplica a la tempestad; la tempestad, imperturbable, sólo obedece al infinito.

En torno, la oscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso e inconsciente, los pliegues infinitos de las aguas hoscas. En él, el espanto y el cansancio. Bajo él, la caída. No hay punto de apoyo. Piensa en las aventuras tenebrosas del cadáver en la sombra ilimitada. El frío sin fondo lo paraliza. Se le crispan las manos, y se cierran y se aferran la nada. ¡Vientos, nubes, torbellinos, ráfagas, estrellas inútiles! ¿Qué hacer? El desesperado cede; quien está cansado toma la decisión de morir; deja que suceda lo que sea, se deja ir, rinde las armas; y cae para siempre en las profundidades lúgubres del que se ahoga.

¡Ay, caminar implacable de las sociedades humanas! ¡Con hombres y almas quedándose por el camino! ¡Océano donde cae todo cuando deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra del socorro! ¡Ay, muerte moral!

El mar es inexorable noche social a la que arrojan los penales a sus condenados. El mar es la miseria inmensa.

El alma, cayendo a pique en ese abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién la resucitará?

Los miserables, Primera parte, Libro segundo, Capítulo VIII

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El libro es…

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Ilustración: Marco Palena

Tabla para el náufrago, escudo para el bueno y horca para el ruin, paraguas para el sol y la lluvia, capote de torero, ladrillo que hace paredes que hace casas que hace ciudades que hace mundos.

El libro es jardín que se puede llevar en el bolsillo, nave espacial que viaja en la mochila, arma para enfrentar las mejores batallas y afrentar a los peores enemigos, semilla de libertad, pañuelo para las lágrimas.

El libro es cama mullida y cama de clavos, el libro te obliga a pensar, a sonreír, a llorar, a enojarte ante lo injusto y aplaudir la venganza de los justos.

El libro es comida, techo, asiento, ropa que me arropa, boca que besa mi boca.

Lugar que contiene el universo.

Persona Normal, Benito Taibo

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Dreadnought hoax – El engaño del Círculo Bloomsbury

El 7 de febrero de 1910, seis intelectuales idearon una de las mayores bromas de la historia. Entre ellos estaba Virginia Woolf, en ese momento todavía Virginia Stephen, una  aspirante a escritora  de veintiocho años.

Es una historia curiosa, divertida e interesante que pone en tela de juicio la privacidad y la seguridad de la Inglaterra victoriana. Es también una fábula atemporal de cómo la prensa puede ser cómplice en el éxito de cualquier engaño.

Hasta el día de hoy, el único relato de primera mano de la broma es “The Dreadnought Hoax” escrito por Adrian Stephen, hermano de Virginia y miembro del conocido Círculo Bloomsbury, que inició la operación junto con el poeta William Horace de Vere Cole.

La idea era la siguiente:

Cole engañó a la Royal Navy para que le enseñase su buque insignia, el HMS Dreadnought, a una supuesta delegación de príncipes abisinios que en realidad eran Cole, Stephen y un grupo de cómplices, entre ellos la ya mencionada Virginia Woolf. 

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Para hacerse pasar por príncipes etíopes, se disfrazaron con turbantes y oscurecieron su piel con maquillaje. Virginia Woolf además se travistió, para lo cual se cortó el pelo y se puso barba.

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Mientras inspeccionaban el barco, para mostrar sus apreciaciones, se comunicaban en una mezcla de suajili improvisado junto con fragmentos de citas de Homero y Virgilio en griego y latín que pronunciaban de forma que no fuese reconocible. De vez en cuando, se detenían y exclamaban “Bunga bunga”, como muestra de admiración ante cualquier elemento existente en el buque. Pidieron alfombras de oración y ofrecieron falsas condecoraciones militares a algunos de los oficiales.

Esta, sin duda, es mi parte favorita. Hay que tener mucha “audacia lunática” (palabras del sobrino y biógrafo oficial de Virginia Woolf) para llevar a cabo esta farsa.

Una vez terminado el engaño, Horace de Vere Cole contactó con la prensa y envió una foto de los “príncipes” al Daily Mirror, haciendo público el engaño. En cuestión de una semana toda la historia y la foto estaba presente en varios diarios londinenses.

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La Armada británica se convirtió en el hazmerreír del país, a pesar de que muchos dijeron que no se “tragaron” el engaño y, ante la duda, se limitaron a no decir nada. La prensa, como es de esperar, hizo eco inmediato de los acontecimientos como si el engaño hubiese sido total.

Que un grupo de jóvenes intelectuales en contra del imperialismo y la época victoriana consiguera, de cualquier modo, ridiculizar una institución definida por su clasismo y falsa moralidad me pone los pelos de punta. 

¿A vosotros no?

Fuentes:

  • A Virginia le gustaba Vita, Pilar Bellver, Ed. Dos Bigotes, 2016
  • Brainpickings
  • Wikipedia
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