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Reto literario incumplido 2016

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En mi Reto literario 2016 (que empecé en septiembre) me propuse hacer 12 lecturas de géneros diferentes con el fin de ordenar mi lista interminable de libros por leer y, además, variar en contenido. Como adelanto os digo que el resultado del reto aparentemente es un fracaso. He conseguido leer 7 obras, de las que por supuesto tengo algo que decir:

  • Novela epistolar: Frankenstein, Mary Shelley.

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Sorpresa. Tenía una tendencia bastante alimentada a creer que Frankenstein o El Moderno Prometeo era una historia de terror espeluznante. Y para mí lo más espeluznante es que me plantee si verdaderamente las personas que han trabajado y/o colaborado en las infinitas adaptaciones que se ha hecho de esta novela hayan leído la historia original.

Víctor Frankenstein con su afán de superación y el monstruo con su necesidad de amor nos muestran la naturaleza humana según Mary Shelley. Se pueden extrapolar tantos temas implícitos en esta pequeña obra que, repito, me da pavor pensar que gente competente haya pasado por alto la profundidad con la que merece ser tratada.

  • Teatro: El genio alegre, Hermanos Álvarez Quintero.

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Risa. Obra arraigada a Andalucía con unos toques sarcásticos e irónicos que se agradecen. La profundidad aquí es mucho más palpable y el mensaje más directo: con el genio alegre se lleva mejor la vida. Cómo veis por ser sencillo no es menos importante. Me gustaría resaltar a Lucío, uno de los personajes más simpáticos que recuerdo en todo este año de lectura.

  • Distopía: Un mundo feliz, Aldous Huxley.

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Cae como un jarro de agua fría y te despierta de tal forma que te hace creer que la llamada “resaca literaria” existe. Ya hace algún tiempo que lo leí y, la verdad, tenía ganas de verlo con cierta perspectiva por todo lo que me había hecho sentir.

Algo tendrá que ver que la distopía sea mi género favorito, pero si tuviera que elegir cual ha sido mi mejor lectura de 2016 sin duda sería Un mundo feliz.

  • Poesía: Las flores del mal, Charles Baudelaire.

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Si ya me parece difícil transmitir lo que percibo de mis lecturas en prosa imaginaos si intentase hacerlo de las lecturas en verso. Pero agradezco a Hilos Primitivos su recomendación aquel día que propuse el reto porque definitivamente Baudelaire tiene otro nivel Maribel.

  • Autobiografía: Mientras escribo, Stephen King.

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Acercamiento. Sinceramente no he leído nada de este autor por no ser un género que me llamara la atención pero me generaba mucha curiosidad la vida de un escritor tan prolífico. Y fue en esta obra donde encontré el fragmento “Qué es escribir”  en la que resume su visión sobre la escritura como profesión. Recomiendo que, si no lo habéis hecho, dediquéis apenas cinco minutillos a su lectura.

  • Novela policíaca: Matar un ruiseñor, Harper Lee.

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Esperaba más de este libro. No es por criticar, de hecho la obra está bien escrita, el argumento es bueno, los personajes me gustan, la niña como voz narradora también, pero quizás mis expectativas estaban más altas o mi nivel de sensibilidad más bajo. No lo sé. El caso es que este libro tiene críticas muy buenas y por mí ha pasado como una lectura amena sin más.

  • Literatura infantil: Matilda, Roald Dahl.

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Diversión. Opté por Roald Dahl por recomendación de Mr. Poecraft Hyde y aproveché que mi sobrina de 8 años tenía Matilda entre sus libros. Ha sido una buena elección para acabar el año por el estilo fresco que conllevan las historias infantiles. Un toque de sensatez, un toque de fantasía, amor por la literatura de un espíritu inquieto… Matilda me ha ganado. Y Dahl también.

¿Siento frustración por no cumplir el reto?

No. Con aprovechar los ratos que tengo para evadirme con la lectura me siento más que satisfecha. Ni me he planteado leer con más prisa y menos profundidad (y disfrute) por haberme propuesto este reto. De hecho me he salido de la lista en varias ocasiones y he empezado otros títulos por simple ansia y desorden.

¿Habrá reto para 2017?

Me temo que este proyecto piloto 2016 ha dejado claro que planear a largo plazo en una afición tan viva es inútil (al menos para mi dispersión).

¡Feliz entrada de año!

 

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Qué es escribir – Stephen King

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Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, hay personajes como J. B. Rhine que se han devanado los sesos para crear un procedimiento válido de comprobación que lo aisle, y resulta que siempre ha estado perfectamente a la vista, como la carta robada de Poe. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura. Es posible que esté predispuesto a su favor, pero no importa: quedémonos con la escritura, ya que es de lo que hemos venido a pensar y hablar.

Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo (la que está puesta donde baja el techo) una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones (problemas de vista, no haber empezado las compras de Navidad, que mi mujer haya salido de casa con un virus); otras, en cambio, son agradables (nuestro hijo menor nos ha hecho una visita sorpresa desde la universidad, y en un concierto de los Wallflowers subí a tocar con ellos el Brand New Cadillac de los Clash), pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte, en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construírmelo. Domina una gran perspectiva. Ya sé que no cuadra mucho con que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en la copa de un árbol, o en el tejado del World Trade Center, o al borde del Gran Cañón. Allá cada cual con sus preferencias.

La publicación de este libro está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De confirmarse el dato, tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, ¿eh? Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche (siempre en versión completa, porque las lecturas de textos abreviados me parecen el colmo), y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape: colas kilométricas en los peajes, las salas de embarque de los aeropuertos, las lavanderías automáticas en tardes de lluvia, o lo peor de todo: la consulta del médico cuando se retrasa y tienes que esperar media hora para que te torturen una parte sensible del cuerpo. En ocasiones así me parecen indispensables los libros. Si resulta que tengo que pasar una temporada en el purgatorio antes de que manden arriba o abajo, preveo que mientras haya biblioteca no me quejaré. (Seguro que si hay una estará llena de novelas de Danielle Steel y libros de cocina; ja ja, va por ti, Steve.)

O sea, que leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también: un sitio con buena luz y mejor ambiente. El mío es el sillón azul de mi estudio. Tú quizá prefieras el sofá, la mecedora de la cocina o la cama: leer en la cama puede ser paradisíaco, a condición de tener la página bien iluminada y no ser propenso a tirar el café o el coñac en las sábanas.

Supongamos, por lo tanto, que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la mediación de algunas notas) Heródoto, la distancia entre 1997 y 2000 no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.

Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.

¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunimos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. (Los receptores daltónicos la verán gris ceniza.) Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela. Las almas decorativas habrán añadido un poco de encaje, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es vuestro.

Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación individual. Para empezar, ha sido descrita mediante una «comparación imprecisa», que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Que «encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura»? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia? Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.

Se han tocado nuestras mentes.

Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo que exponer.

El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.

No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpíadas de la moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel. Si eres capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa. A lavar el coche, por ejemplo.

{Fragmento extraído de “Mientras escribo”.}

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