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Distender

Según la RAE: Aflojar, relajar o disminuir la tensión de algo.

Todos necesitamos en lo arduo de la rutina intercalar soplos de frescura. Aunque la rutina no sea tensa (para algunos más que para otros), siempre necesita de variaciones para que justamente no nos parezca eso, rutinaria. Aunque lo sea. 

¿Son estas variaciones distensoras tanto o más importantes que la rutina propiamente dicha? Sí, por supuesto. Como lo son admirar la naturaleza después de un día abrumador de trabajo o sin él, pasar un rato a la mesa con la familia compartiendo comida, vino, anécdotas y chistes o el silencio sin más.

Mi rutina lectora dista mucho de ser pesada. De hecho, es mi vía de escape por excelencia. Pero es curioso que, dentro de esta rutina, me sirva de variaciones, como el teatro y la poesía, para aportar esa frescura que necesito cuando hay libros que, o bien no me han terminado de convencer o justamente lo contrario, me han dejado tan sorprendida que no sepa a qué recurrir que esté a la altura (en este último caso, más que distender, necesito “olvidar” la impresión en un tiempo prudencial).

Y es aquí donde vengo a recomendar una obra de teatro de los hermanos Álvarez Quintero: El genio alegre. Dicha obra se empeña en recalcar lo importante que es para sobrellevar los días una actitud alegre y positiva, donde la risa sea siempre protagonista en lugar de pesadumbres, quejas u orden.

Es cómica sin caer en lo vulgar, arraigada a Andalucía y sus acentos, de carácter costumbrista sin entrar demasiado en crítica ni símbolismos, con pocos pero simpáticos personajes. Una obra para, al fin y al cabo, distender.

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Curiosidad: El compositor italiano Franco Vittadini le puso música convirtiéndola en la ópera Anima allegra.

P.D: El apunte inferior referente a los acentos en el reparto de los personajes muestra el hincapié que hacen los autores en su representación o lectura. ❤

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Cuando los cambios son necesarios

No. No me he cortado la melena. Pero simbólicamente eso estoy haciendo. Mi propio salón de belleza no ofrece cambios mínimos sino radicales. Porque a veces tanto cabello ahoga.

En mi salón de belleza donde la única clienta soy yo se busca que cuando se termine el servicio se respire con más profundidad y finalmente se sonría.

 

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Un mundo feliz de Aldous Huxley

Es un hecho que “Un mundo feliz” de Aldous Huxley estimula el pensamiento crítico, la curiosidad y el análisis. Por ello comparto aquí algunos datos, a mi parecer, interesantes, para que los que tengan este título en lecturas pendientes se lancen a él. (Quién quede ileso que no me lo cuente, por favor)

1. El comienzo de la sociedad descrita en Un mundo feliz se inicia en 1908, al ser el año en que se fabricó el primer Ford modelo “T”. Fue aquí donde Henry Ford instauró el concepto de fabricación en serie a la industria y de ahí la similitud con la creación de seres en masa por incubación del que se sirve Huxley en la novela.

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Ford es una especie de dios, ejemplo de ello es que  las fechas se denominan como a.F y d.F (antes de Ford y después de Ford) o que expresiones cotidianas como “¡Dios mío!” se reemplazan por “¡Ford mío!”

La T es el símbolo por excelencia de esta “religión” que ha reciclado los crucifijos del cristianismo y le han omitido la parte superior.

2. La sociedad está dividida en diferentes estratos, siendo Alfa la élite superior con mejores atributos intelectuales y físicos y Épsilon todo lo contrario.

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Cada uno de ellos está perfectamente conforme en su condición sin aspirar a otra casta distinta a la suya, consecuencia de su adoctrinamiento por el método de la hipnopedia o aprendizaje a través del sueño. Esta conciencia de clase junto con primar la sociedad al individuo son las bases de su civilización.

 

3. El soma es la droga que se consume y  con la que logran tranquilizarse, olvidar los problemas y evadirse de la realidad cuando lo necesitan, sin ningún tipo de efecto secundario.

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“Y si alguna vez, por algún desafortunado azar, ocurriera algo desagradable, bueno, siempre hay el soma, que puede ofrecernos unas vacaciones de la realidad. Y siempre hay soma para calmar nuestra ira, para reconciliarnos con nuestros enemigos, para hacernos pacientes y sufridos”

 

4. Hay muchísimas referencias a figuras históricas en esta obra. Entre ellas, personajes como Bernard Marx o Lenina, claros guiños a Carl Marx y Lenin o una niña llamada Polly Trotsky referencia también al pensador, escritor y filósofo Trostky. Podría extenderme infinitamente en este punto pero mejor dejo un enlace muy completo que encontré aquí

5. Por último citar otra obra de Aldous Huxley llamada “Nueva visita a un mundo feliz”. Se trata de una recopilación de ensayos donde el mismo autor analiza veintiséis años después (1958) los contenidos tratados en su novela, verificando así sus aciertos y equívocos a la hora de contemplar la evolución de la civilización occidental durante este periodo. En dicha obra, hace muchas referencias a otra distopía, la novela 1984, de George Orwell.

Estoy ansiosa por leer esta “segunda parte”. ¿La habéis leído vosotros? 

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10 Motivos para leer clásicos

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Repasando mi lista interminable de libros por leer para afrontar el Reto literario 2016 corroboré algo que ya sabía y que dije en la pequeña descripción sobre mí que hay en este blog: tengo predilección por los clásicos, entendiendo éstos como “libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos” (Definición extraída de ¿Porqué leer a los clásicos? De Italo Calvino).

Seguramente haya definiciones que ayuden mejor a decidir si un título puede considerarse o no como clásico pero para mí es suficiente con esta. Riqueza para quien lo leyó, quien lo lee y quien se dispone a hacerlo. Gracias Calvino.

¿Mis motivos? Llevo tiempo madurándolos. Más que nada porque normalmente hay que justificarse si te decantas por libros no contemporáneos ante la avalancha de publicaciones y autopublicaciones con su correspondiente campaña de marketing. No se trata de desprestigiar a autores nóveles ni obras recientes. Yo misma intercalo lecturas contemporáneas porque son mucho más ágiles y frescas y en determinadas ocasiones también apetece. Pero en cuestión de preferencias y gustos, os presento mis motivos para amar los clásicos:

1. Resonancia interna

Aquí voy a apoyarme en Stephen King y su descripción de lector ideal:

“Mi máxima meta es la resonancia, algo que perdure un poco en la mente (y el corazón) del lector después de haber cerrado el libro y haberlo colocado en la estantería”.

Esta agitación ocurre con pocos títulos y no todos los clásicos lo consiguen pero, en mi caso, siempre ha coincidido que cuando he experimentado dicho fenómeno ha sido con uno de ellos.

2. Resonancia externa

Los clásicos siempre generan un “después” y eso significa: tesis, estudios, críticas…  A fin de cuenta planteamientos abiertos que dejan ver cómo ha “resonado” en los demás.

3. Resonancia artística

Ejercen un papel importantísimo en la inspiración de otros autores. Y aquí ya podemos salirnos del ámbito literario y saltar al arte, la música o el cine, por ejemplo.

4. Resonancia interna segunda parte

La relectura es una consecuencia de los tres primeros motivos citados arriba. Me ocurre que, si releo algún clásico que ya ha causado una primera resonancia por unos motivos concretos, descubro una segunda resonancia por otros motivos diferentes. Y podría ser un bucle hasta exprimir del todo una obra.

5. Guía para empatizar con nuestra historia

No tiene necesariamente que ser una novela histórica para recrearnos un periodo determinado. Mediante los diálogos, la descripción de costumbres, los clichés de la época, las referencias, etc. podemos empatizar con nuestros antepasados. Entender el porqué se actuaba de una forma y no de otra. Ser más flexibles o inflexibles con nuestros principios.

6. Temas atemporales

Si sabemos extrapolar la esencia de cualquier título clásico a nuestros días nos daremos cuenta que los temas son actuales: injusticia, desamor, reflexión existencial, miedos, celos, mentiras, luchas,  perdón… infinitas materias que no son (ni serán) caducas.

7. Expresión

Puede que a partir de aquí los motivos sean más subjetivos que los anteriores. Me suele gustar mucho más el estilo utilizado en obras “antiguas” que en las modernas. Me parece que antes se las tenían que ingeniar muy bien para decir lo que querían decir y por ello aplaudo el esfuerzo y la elegancia con la que se abordan temas que hoy no nos costaría, ni por asomo, el mismo esfuerzo exponer. No obstante reconozco que es mucho más pesado de leer, pero compensa.

8. Expectativas

Cuestiones inherentes a la lectura son las expectativas. Se suele acoger un libro con prejuicios (tristemente). En mi caso, siempre acojo un clásico con mayor expectativa que una lectura contemporánea. Esto tiene dos consecuencias: la primera, que si el clásico no termina de encajarme el chasco es mayor y la segunda, que si la lectura contemporánea termina enganchándome y “resonándome” la sorpresa es tremenda.

9. Supervivencia

El motivo principal de que mis expectativas sean mayores en cuanto a los clásicos es que haya sobrevivido a varias generaciones. Cuando se lanza una obra hoy en día existe una campaña publicitaria más o menos abrumadora dependiendo de la editorial, el autor, etc. Esto desemboca en la desconfianza y, por tanto, cuando veo que una obra ha pasado distintas generaciones sin perder su prestigio me cuesta menos lanzarme a ella. Por algo será ¿no?

10. Amplio catálogo donde escoger

Una de las ventajas de leer clásicos es que a la hora de adquirirlos se presenta una gran variedad donde elegir: ediciones ilustradas, con análisis e interpretaciones previas, distintos traductores, contexto social, diferentes portadas… Hay ediciones que son una delicia ya sea por la estética o por el contenido.

Creo que no me dejo nada en el tintero, pero seguramente sí. Me encantaría saber vuestros motivos para leer clásicos o para no leerlos.

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Qué es escribir – Stephen King

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Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, hay personajes como J. B. Rhine que se han devanado los sesos para crear un procedimiento válido de comprobación que lo aisle, y resulta que siempre ha estado perfectamente a la vista, como la carta robada de Poe. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura. Es posible que esté predispuesto a su favor, pero no importa: quedémonos con la escritura, ya que es de lo que hemos venido a pensar y hablar.

Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo (la que está puesta donde baja el techo) una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones (problemas de vista, no haber empezado las compras de Navidad, que mi mujer haya salido de casa con un virus); otras, en cambio, son agradables (nuestro hijo menor nos ha hecho una visita sorpresa desde la universidad, y en un concierto de los Wallflowers subí a tocar con ellos el Brand New Cadillac de los Clash), pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte, en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construírmelo. Domina una gran perspectiva. Ya sé que no cuadra mucho con que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en la copa de un árbol, o en el tejado del World Trade Center, o al borde del Gran Cañón. Allá cada cual con sus preferencias.

La publicación de este libro está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De confirmarse el dato, tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, ¿eh? Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche (siempre en versión completa, porque las lecturas de textos abreviados me parecen el colmo), y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape: colas kilométricas en los peajes, las salas de embarque de los aeropuertos, las lavanderías automáticas en tardes de lluvia, o lo peor de todo: la consulta del médico cuando se retrasa y tienes que esperar media hora para que te torturen una parte sensible del cuerpo. En ocasiones así me parecen indispensables los libros. Si resulta que tengo que pasar una temporada en el purgatorio antes de que manden arriba o abajo, preveo que mientras haya biblioteca no me quejaré. (Seguro que si hay una estará llena de novelas de Danielle Steel y libros de cocina; ja ja, va por ti, Steve.)

O sea, que leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también: un sitio con buena luz y mejor ambiente. El mío es el sillón azul de mi estudio. Tú quizá prefieras el sofá, la mecedora de la cocina o la cama: leer en la cama puede ser paradisíaco, a condición de tener la página bien iluminada y no ser propenso a tirar el café o el coñac en las sábanas.

Supongamos, por lo tanto, que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la mediación de algunas notas) Heródoto, la distancia entre 1997 y 2000 no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.

Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.

¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunimos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. (Los receptores daltónicos la verán gris ceniza.) Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela. Las almas decorativas habrán añadido un poco de encaje, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es vuestro.

Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación individual. Para empezar, ha sido descrita mediante una «comparación imprecisa», que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Que «encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura»? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia? Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.

Se han tocado nuestras mentes.

Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo que exponer.

El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.

No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpíadas de la moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel. Si eres capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa. A lavar el coche, por ejemplo.

{Fragmento extraído de “Mientras escribo”.}

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De la simetría interplanetaria de Julio Cortázar

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Sammy Slabbinck

This is very disgusting.

DONALD DUCK

Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.

Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.

Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía —pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente—. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.

Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecían a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.

Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.

Pensé: «¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes».

Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?».

Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante. ¡Clavar en un madero al hijo de Dios…!

Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.

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Operemos nuestros sentidos de cataratas

Me ha parecido curioso que Virginia Woolf en “Una habitación propia” describa obras como Emma de Jane Austen, El Rey Lear de Shakespeare o En busca del tiempo perdido de Proust de la siguiente manera:

(…) parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas, después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado del velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa (…)

No voy a rebatir todo esto. Lo aplaudo. Es aquí donde reside toda la magia de los libros. Lo que me hace gracia es que sea ella justo en ese ensayo donde lo haya plasmado.

“Una habitación propia” es, en mi opinión, una invitación a la calma, al equilibrio, a reflexionar sobre nuestro concepto de feminismo y , al fin y al cabo, a operar nuestros sentidos de cataratas. Con un paseo, como genial añadido, por  la historia y la literatura va observando la repercusión de obras masculinas y femeninas y el papel de la mujer en la sociedad en  aquellas épocas.

Este ensayo proviene de una serie de charlas que la autora tuvo que dar sobre “La mujer y la novela” en 1928. Podríamos decir que un texto de hace casi 90 años no correspondería a nuestros tiempos viendo como han evolucionado muchos aspectos hasta ahora. A mi parecer este es el gran error, puesto que conocer ciertos matices históricos nos explica muchos todos los comportamientos actuales.

Sin más, os presento mi admiración a este libro mediante los fragmentos que he subrayado:

Para ambos sexos la vida es ardua, difícil, una lucha perpetua. Requiere un coraje y una fuerza de gigante. Más que nada, viviendo como vivimos de la ilusión, quizá lo más importante para nosotros sea la confianza en nosotros mismos.

Alabar al propio sexo es siempre sospechoso y a menudo tonto.

Sería una lastima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo.

(…) escribía como una mujer, pero como una mujer que ha olvidado que es una mujer, de modo que sus páginas estaban llenas de esta curiosa cualidad sexual que sólo se logra cuando el sexo es inconsciente de sí mismo.

Sólo se me ocurre decir, breve y prosaicamente, que es mucho más importante ser uno mismo que cualquier otra cosa. No soñéis con influenciar a otra gente, os diría si supiera hacerlo vibrar con exaltación. Pensad en las cosas en sí.

¿Con qué obra habéis visto con más intensidad el mundo?

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AIRE FRESCO

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Comparto hoy mi gusto por los triángulos por una razón muy especial.

He llegado a casa después de unos días fuera y me encuentro con que hay trescientas personas detrás de la pantalla. A pesar de que me impone mucho respeto, voy a confesar lo que supone este blog para mí: aire fresco.

Y lo mejor es que, si miro a un futuro próximo, supone exactamente lo mismo: aire fresco.

Quiero seguir aprendiendo y nutriéndome de vuestras entradas, poemas, curiosidades, reseñas, relatos, recomendaciones, comentarios, de todas y cada una de vuestras palabras.  

Simplemente quería compartir mi emoción con vosotros y daros las gracias con este símbolo que tiene un gran significado para mí: ruptura con lo par, sencillez y bocanadas de aire. 

Tres mil millones de abrazos.

 

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La sonrisa etrusca

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Ternura. No encuentro otra palabra al concluir la lectura de La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro. Quizás sea porque su autor ya me provocó ternura cuando le escuché hablar en una entrevista donde pone su lucidez, sencillez y simpatía encima de la mesa.

La sonrisa etrusca se desarrolla en Milán, pero es contada en primera persona por un italiano del sur llamado Salvatore Roncore o Bruno, como se hacía llamar en su etapa de partisano. 

El desenlace de este libro se intuye en la sinopsis. No hace falta leerlo para saber como terminará la historia pero, a pesar de esto, te envuelve la indescriptible avalancha de emociones que este anciano muestra ante su nieto: Brunettino.

Podría decirse que es un libro de amor. Amor en el que eres infiel a ti mismo por rendirte ante alguien que nos da vida. Despojarse de pensamientos que nos han acompañado siempre y que, ante tal virulencia, nos parecen superfluos. Amor desnudo. Amor enternecedor. De ese amor hablo.

Todo ello contado desde pensamientos sencillos. 

Mi hermano y mi cuñada esperan un bebé. No sólo ellos, claro que no. Estamos todos expectantes y anhelantes.

Será por eso que digo siempre de que los libros según los momentos de la vida te pueden despertar diversas sensaciones, que esta vez La sonrisa etrusca me ha creado más ansia aún de conocer a este hombrecito que ya forma parte de la familia.

La infancia y la inocencia son siempre regalos capaces de dar muchas lecciones.

La pureza de un niño es lo que a Salvatore Roncore le lleva a querer vivir intensamente en el ocaso de sus días.

 

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Cuando los libros te llevan a los lugares

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Por mi propio pie probablemente no hubiese visitado Turín ya que no se presenta como una ciudad muy turística y podría dedicar ese tiempo a conocer alguna más llamativa de Italia.

La verdadera culpable de que esté hoy aquí es la escritora Julia Navarro. Hace un año aproximadamente leí La hermandad de la Sábana Santa. Una novela ambientada en las calles de esta ciudad y yo, que disto mucho de tener creencias católicas, me quedé abrumada con la sorprendente historia que hay detrás del venerado sudario cristiano. 

Esta entrada no es para recomendaros el libro en sí sino para compartir otra ventaja genial que tiene la literatura y es la de crear esa curiosidad de ver con los ojos lo que ya has visto con la imaginación. Pasear por ciudades por las que ya paseaste mientras leías. Descripciones de paisajes, costumbres y culturas. Qué maravilla cuando un escritor tiene la capacidad de llevarte a lugares o a épocas, sin anteponerlos a la propia historia. Ojalá se pudiese pasear por las épocas también, pero creo que sería mucho pedir ¿verdad?

También me pasó esto con Reír al viento de Sandra Barneda. Desde que leí este libro quiero ir a Bali y ver un amanecer después de haber subido por un volcán.

¿Qué obra literaria os ha creado ansia de visitar algún lugar?

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