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La sociedad – Virginia Woolf

Cuando leo a Virginia Woolf  me da resaca.

Su personalidad me causa mucha curiosidad. Su elocuencia, su estilo cuidado, su autoexigencia y la dureza que empleaba en sus críticas literarias (que, por descontado, se podía permitir por la perfección de sus textos) son cualidades dignas de admiración.

Por todas estas razones quiero devorar todo lo que escribió, pero no puedo más que leer de vez en cuando y digerir lentamente. Con templanza. Si no lo hago así, me da resaca.

En este asalto estoy con algunos de sus relatos cortos y me ha llamado la atención uno en especial llamado “La sociedad”. Tiene muchos tintes de su famosa obra “Una habitación propia” pero con menos páginas. Diría que es aconsejable para una toma de contacto con Virginia, sin adentrarse en sus novelas o ensayos de lleno. Además hace referencia a la hilarante anécdota del Dreadnought Hoax de la que soy muy fan.

El relato en cuestión comienza así:

Así comenzó todo. Éramos un grupo de seis o siete reunidas después del té. Algunas miraban hacia la sombrerera de enfrente, donde las plumas rojas y las pantuflas doradas seguían iluminadas en la vidriera; otras dejaban pasar el tiempo construyendo pequeñas torres de azúcar en el borde de la bandeja del té. Pasado un momento, según lo recuerdo, nos ubicamos alrededor del fuego y comenzamos, como de costumbre, a elogiar a los hombres. Qué fuertes, qué nobles, qué inteligentes, qué valientes, qué bellos eran; y cómo envidiábamos a aquellas que, por las buenas o por las malas, lograban unirse a uno de por vida. Hasta que Poll, que había permanecido en silencio hasta el momento, rompió a llorar.

Para seguir leyendo os dejo el relato completo en PDF –> La sociedad

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El piano de Carmen Laforet

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Fotografía: Brandon Coffey

Carmen Laforet fue principalmente conocida por su primera y gran obra Nada, de la que hice un pequeño comentario en el blog hace unas semanas  y os dejo aquí.

Se dice que el éxito de Nada fue un precio terrible que Carmen tuvo que pagar durante toda su vida ya que siempre se cuestionaban sus posteriores obras por no estar a la altura de la primera. 

Fue tan bueno el sabor de boca que me dejó esta novela que me negué a que esto fuese cierto o, si lo era, comprobarlo por mi misma.

El piano me ha parecido una auténtica joya. Con apenas 25 páginas en PDF me he puesto los zapatos de su protagonista, Rosa, una mujer fuerte y entrañable que divaga en pensamientos profundos con un lenguaje sencillo y nos recuerda cosas muy básicas: el dinero es papel y lo que digan los demás importa aún menos.

Tanto el mensaje de esta novela corta como la protagonista son dignos de mención.

No sólo me ha hecho admirar más a esta autora (que seguiré leyendo), sino que, corrobora aquel pensamiento que ya comenté sobre la extensión de las obras: no es necesario atiborrarse de paja si hay relatos así de contundentes. Yo, al menos, lo agradezco.

Para leer El piano en PDF os dejo el enlace aquí.

Aparte de esto comparto con vosotros un lugar donde se pueden leer sus artículos además de algunos relatos y obras.

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De la simetría interplanetaria de Julio Cortázar

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Sammy Slabbinck

This is very disgusting.

DONALD DUCK

Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.

Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez. Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía.

Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía —pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente—. Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo.

Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecían a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba.

Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.

Pensé: «¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes».

Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados. ¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón…?».

Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante. ¡Clavar en un madero al hijo de Dios…!

Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete). Se crispó en el aire y cayó de golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto. Parece que le habían puesto veneno en la comida.

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Del mito de Tristán e Isolda

60a25a0ac948a517dd2e7071d0962b94Este Tristán del que cuento, nunca supo por qué le habían puesto Tristán en el sacramento del bautismo, ni conocía a nadie que se llamara como él. Un tío suyo de Soutomaior, que trabajaba como camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres Tristanes, y todos ellos eran de la aristocracia.

Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, en un quiosco compró La verdadera historia de Tristan e Isolda con los amantes muy abrazados en la portada, por una peseta y cincuenta céntimos. Al fin iba a saber quién era aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al terrible final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García no pudo evitar las lágrimas. Y dio en imaginar que andando por el mundo encontraba a una mujer llamada Isolda, y ambos se gustaban, se hacían novios, se casaban, y vivían muy felices en la aldea cercana a Viana do Bolo de donde Tristán era natural.

A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos 38, les preguntaba si había en sus pueblos una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se lamentaba consigo mismo de no dar con una Isolda, porque si no la encontraba en León, donde había tanta familia, ya no la encontraría nunca, dedicado a la labranza en su aldea de Viana do Bolo.

Un día lo mandó llamar un sargento que se llamaba Recuero.

– ¿Tú eres el que andaba buscando a una Isolda? Pues en Venta de Baños hay una viuda de este nombre.

– ¿Joven o vieja? – Preguntó Tristán emocionado.

– ¡No lo sé! ¡Es churrera! – Le contestó el sargento.

Tanto tenía metida en su magín la novela famosa nuestro Tristán, que no pudo dudar un instante de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa, y si era churrera, podía seguir con el negocio en Viana, o en Orense capital, donde servían chocolate con churros en los cafés. También consideraba Tristán que si la viuda era vieja, lo más seguro era que tuviese una hija o sobrina joven que se llamase como ella. 

Tuvo un permiso, y con veinte duros que tenía ahorrados, tomó en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme, preguntó por la churrería de Isolda.  Estaba allí al lado, y la señora Isolda despachando churros a un señor cura. Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza.

Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.

– ¡Buenos días! ¿Es usted la señora Isolda?

– ¡Servidora! – respondió la amable viejecita sonriendo -. ¿Cuantos le pongo?

– ¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!

La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

– ¡Tristán! ¡Tristán querido! –  pudo decir al fin -. ¡Toda mi juventud esperando a conocer a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!

Tristán saludó militarmente y se retiró hacia la estación, a esperar el primer tren para León. Cuando llegó y subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, quien le entregó un paquete de churros. No se dijeron nada.

Cosas así sólo pasan en los grandes amores.

Alvaro Cunqueiro – Las historias gallegas

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